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  • El misterio de las pirámides

    El misterio de las pirámides

    Invocar la imagen de las antiguas pirámides egipcias, nos hace pensar en un paisaje seco, solitario, casi anaranjado, donde el camello es la bucólica manera de aproximarse a ellas. Imaginamos numerosos esclavos, trabajando bajo la orden del látigo y hasta fuerzas casi sobrenaturales participando de la construcción. Incluso podemos responder memorizadamente, casi como una trivia, que sus faraones fueron Keops, Kefrén y Mecerinos. Pero …, nada de esto es cierto.

    ¿Es un misterio la construcción de las pirámides? ¿Realmente  es incomprensible para el entender humano que sigan aún en pie? ¿Podemos justificar en el trabajo esclavo la subsistencia de tan antiguas edificaciones Ciertamente entender el ¿Misterio? de las Pirámides exige, en primer lugar, retroceder en el tiempo unos 5 mil años. Cuando el mundo acostumbraba ver pasar numerosas tribus primitivas, todas nómades, sin dejar casi huella. Sin embargo hubo un lugar diferente, donde comenzó a forjarse una historia distinta. Un río Nilo privilegiado, cargado de riquezas (fertilizantes naturales minerales y vegetales) que arrastraban sus aguas desde sus remotos afluentes procedentes del centro africano. Aún más, el río era tan generoso, que cada año, religiosamente, inundaba ordenadamente las tierras aledañas, haciendo de la agricultura una de las mejores excusas para que algunos de esas tribus decidieran asentarse.

    Si el tema del alimento ya estaba resuelto y la razón para quedarse en un solo lugar ya estaba dada, entonces ¿a qué dedicarían su tiempo estos nuevos pueblos? La respuesta fue inmediata. El arte, la literatura, la religión, la escritura, la educación, la medicina, la música y, por supuesto, la arquitectura. Todo ello desarrollándose velozmente. Ya se habían transformado en una civilización.

    Las Pirámides de Giza (nombre dado por el lugar en el que se encuentran emplazadas), son entonces una excelente muestra del nivel de desarrollo que alcanzaron los egipcios. Nos detallan su capacidad de construcción, sin olvidar que datan del siglo XXVI a.C. De hecho, se trata de las construcciones más antiguas del mundo que aún siguen levantadas. No por nada son una de las Siete Maravilla del Mundo Antiguo, las más antiguas y las únicas que no han caído.

    Los egipcios creían en la trascendencia, en la vida más allá de la muerte. Por eso debían prepararse muy bien y, llegado el momento, enfrentarse al juicio de Osiris, dios que resolvería su paso al paraíso (o el castigo del monstruo devorador). Si era tan importante, había que preparar el cuerpo –y por eso las momificaciones-. Pero también había que buscar el lugar más adecuado para depositarlo. En los comienzos, se dejaban bajo la arena, pero ello no siempre funcionaba. La volatilidad de la arena a veces dejaba el descanso a la deriva, por tanto la solución estuvo dada en una nueva alternativa: las mastabas. Cajones de piedra que cubrirían, de ahí en adelante, los cuerpos debidamente preparados. Así trascenderían.

    Pero, la gran figura del faraón, máxima autoridad y representante de los dioses en la tierra, buscaría siempre una mejor forma de trascender. Uno de ellos, Netjerjet, entregó la tarea a su visir Imhotep: debía encontrar una manera majestuosa. No le fue tan difícil. Mandó a posar una mastaba sobre otra. Seis en total. El único requisito era que las mastabas superiores, fueran más pequeñas que las donde se posaban. Así nació la primera pirámide escalonada. Era el año 2.650 a.C.

    Un siglo después, los faraones sofisticaron las líneas de aquella primera estructura, convirtiendo sus tumbas en las Pirámides de Giza. Ellos fueron Jufu, Jafra y Menkaura. Sus nombres no fueron Keops, Kefrén y Micerinos. Así fue como los llamaron los griegos, dos mil años después, al relatarnos –por primera vez- sus experiencias en el antiguo Egipto. La orden fue clara. Había que construir esas enormes estructuras, de hasta 146 metros de altura. Requerirían pesadisimos bloques de piedra y habría que montarlos con mucha precisión para que la estructura no cediera. Encontraron la manera. Cada bloque iba encajado en el otro, con un efecto similar al juego moderno de lego. Así, su efectividad fue absoluta, permitiendo mantener en pie las construcciones hasta nuestros días.

    Sí fue necesaria también, muchísima mano de obra. Pero no fueron esclavos. Los esclavos no existieron en la cultura egipcia. Todos los ciudadanos tenían el mismo derecho dentro de su sociedad. Así, los que hicieron estas labores fueron los propios campesinos, quienes pasaban varios meses al año sin trabajar, esperando que el Nilo regara sus tierras y volviera luego a su cauce. Es así como el faraón daba un salario a dichos campesinos, además de alimento, alojamiento, herramientas y vestimenta. Muy lejos de la idea de esclavo… El trabajo era duro. Había que transportar los pesados bloques por la arena. Encontraron la manera usando largos rollizos de madera que ponían a modo de trineos, avanzando a fuerza humana. Y una vez en el lugar, levantaban rampas en torno a la construcción, subiendo cada bloque hasta el nivel correcto.

    Ni fuerzas sobrenaturales, ni esclavos. Tampoco nombres griegos. Pero aún resta un mito. Cuando hoy en día nos animamos a visitarlas, ni el desierto es tan solitario ni anaranjado, ni el camello es la manera de acercarse. Una moderna carretera entorpece la visión, cruzándose entre ellas, impidiendo la imagen bucólica de los sueños infantiles.

  • El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    Si hay un rey que todos conocemos es a Arturo, famoso por su reino y sus caballeros. Pero, aunque decepcione a muchos, la realidad es muy distinta: Arturo nunca fue rey “de cota y espada”. ¿Por qué entonces ha llegado hasta nosotros envuelto en un aura de realeza? La respuesta está en la propaganda política de bretones y normandos. El rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda son un referente  mental que ha sobrevivido a generaciones. Si bien no existió como  tal en la realidad, se trata de un mito indestructible que nació como parte de una campaña política normanda para justificar su ocupación de las islas británicas.

    Los orígenes del mito:

    Arturo jamás fue rey. Ni siquiera vivió en la época en la que lo sitúa la leyenda. Aunque el “canon artúrico” nos presenta un rey del siglo XII, viviendo en una corte ideal regida por los valores de la  caballería medieval, Arturo como tal no existió. Es cierto que hubo un héroe que inspiró la leyenda, pero este líder vivió en el siglo VI y respondió a las realidades de esa época; por eso, jamás fue un rey de cota y espada a la usanza del siglo XII. La gran pregunta entonces es ¿cómo este líder del siglo V que apenas podemos afirmar que existió, se convirtió en el gran rey modelo de los reyes medievales? Para poder contestar esta pregunta hay que remontarse a la época de las grandes invasiones de los anglos, los jutos y los sajones a la Isla Británica.

    Tiempos caóticos:

    Las islas estaban habitadas por los “britons”, de origen celta,  quienes se romanizaron y se ajustaron al nuevo orden dado por la pax romana. Las legiones romanas eran las garantes del orden  y de la estabilidad de la zona, y cuando el Imperio entró en crisis —especialmente debido a los ataques de los hunos desde el Asia  central y los godos que atravesaron el Danubio y el Rhin—, los romanos tuvieron que retirar sus tropas de esas tierras lejanas para poder hacer frente a estas amenazas. Con la disminución de las tropas en Britania, los pictos —que desde el siglo II amenazaban  la frontera norte de la Britania civilizada—, comenzaron a rondar el Muro de Adriano, que marcaba el límite norte del Imperio. Ante estas amenazas, la administración británica pidió refuerzos a Roma, pero fue en vano; en el siglo V, Roma, convulsionada por problemas  internos, retiró en forma definitiva sus pocas tropas que aún  permanecían en la Isla.

    Este fue el comienzo del fin del orden y la estabilidad, y comenzó un periodo de anarquía y caos, que la historiografía llama habitualmente “The Dark Ages”, —“La Época Oscura”—, un periodo confuso y poco documentado, imposible de reconstruir con precisión por la escasez de fuentes. Sabemos que los britons  volvieron a sus lealtades tribales, al tiempo que afloraban los  caudillos en diversas regiones y que el norte fue invadido por los  pictos, mientras los Irish invadían el oeste; al mismo tiempo, los caudillos regionales peleaban para obtener la soberanía. Fue  en este contexto de desorden y desasosiego que se produjo la invasión anglosajona.

    Amenazas externas:

    Los anglosajones, oriundos de Dinamarca y del norte de Alemania, cruzaron el Canal de la Mancha para asentarse en el este de Britania, con la intención apoderarse de cada vez más territorios. En los habitantes de esta caótica Isla asediada por estos pueblos y gobernada por muchos caudillos locales, surgió pronto el ansia de ser liderados por alguien que lograra generar la unidad perdida tras el retiro de Roma. Entonces apareció Vortigern, quien se autodenominó Suburbus Tiranus y se impuso como rey de los britanos. Si bien alguna historiografía lo considera un rey traidor, y la leyenda lo muestra como una figura despreciable, la verdad  es que fue un importante terrateniente del siglo V que logró dar unidad a este periodo de caos. La razón de esta “mala fama” fue que, mientras quienes pusieron sus esperanzas en él pretendían que defendiera a Inglaterra de los invasores, Vortigen se alió a los sajones y los invitó a instalarse a cambio de que pelearan a su lado contra los jutos y los anglos.

    Las fuentes del periodo son pocas y poco confiables, pero existen. Gildas, por ejemplo, en su “Excidio Britanniae” critica a Vortigen  duramente por esta acción: dice que se alió con el jefe de los Sajones, Hengist y les entregó a cambio de sus servicios tierra fértiles en el este. Gildas insiste que los sajones no quedaron contentos con lo que se les dio, por lo que se sublevaron y Vortigern habría muerto en un incendio. Nennio, quien en el siglo IX escribe una “Historia de los Britanos” bastante mítica, dice que la traición de Vortigern se debió a la lujuria, ya que se habría enamorado de Rowina, la hija del líder sajón, Hengist. Éste le habría pedido la provincia de Kent a cambio de su hija.

    Historias aparte, lo cierto es que para el 488 d.C., Hengist y los  sajones ocupaban gran parte de Inglaterra, y los tiranos británicos que se unieron para hacerles frente soñaban con un paladín. Entonces, surgió Ambrosio Aureliano: éste será el verdadero Arturo, el líder que hace frente a los sajones en Britania del siglo VI y que logra detenerlos por una generación. Recién en el siglo IX que Nennio dirá que este líder fue Arturo. ¿Y cuándo surge la imagen que hoy tenemos de Arturo?

    Para tener el corazón del Arturo que hoy conocemos hubo que esperar hasta el año 1130, cuando Geoffrey de Monmouth escribió su “Historia de los Reyes de Britania” y creó al Arturo de nuestros arquetipos mentales, el rey medieval por excelencia, ejemplo de valentía y cristiandad. Tomando como base todo lo usable a Gildas, e inventando el resto con una creatividad magistral, Geoffrey propuso una historia completa de Arturo. Este libro fue un verdadero best seller de la época, y la gente dio por hecho que lo que allí se decía era verdad.

    El cruce entre la Historia de Arturo y la Historia de Britania es la batalla de Badon Hill, una batalla crucial que dio origen a la leyenda artúrica. Antes de esta batalla, los sajones amenazaban con ocupar toda la isla, pero Badon cambió el curso de la historia. En ella, los britanos lograron emprender una ofensiva contra los Sajones, unidos bajo el estandarte de un caudillo guerrero. La batalla ya es citada por Gildas, nuestra fuente del siglo VI, y luego por Nennio en el siglo IX, y ambos autores coinciden en que, tras ella, se produjo un retroceso de los sajones y se recuperó la hegemonía britona por una generación. Según Nennio, si los sajones hubieran ganado hubiera sido el fin, pero los britanos, gracias a la ventaja de la caballería, le torcieron la mano a los sajones que luchaban a pie. Además, los vencedores habrían sido guiados por un gran jefe. La gran pregunta  es, ¿ quien fue el líder de Badon? Nennio habla de Arturo, a quien se refiere como Dux belorum.

    Hay muchas teorías acerca de quién fue este Arturo citado por Nennio. Algunos han querido identificar al líder de Badon con Artorius Casto, líder romano del siglo II, sin embargo, es poco probable. Otros lo identifican con Riothamus, rey briton que fue en ayuda de Roma en el siglo V, y cuyo marco de acción coincide con los viajes atribuidos a Arturo por Geoffrey. Nuevas teorías dicen que Arturo no sería un nombre, sino un estandarte de oso, ya que en gaélico “Arth” es “oso”. Por tanto, podría haber sido quien peleaba bajo el estandarte del oso del reino de Powys. Sea cual fuere el Arturo histórico, este renacimiento británico del siglo VI, organizado a la sombra de un jefe, no incluye ninguno de los arquetipos de la leyenda: no hay mesa redonda, ni Camelot, ni espada mágica llamada Excalibur.

    La victoria no duró mucho: tras el triunfo parcial de los britones, los sajones se apoderaron de toda la isla; para el siglo VIII había reinos sajones en toda Britania. Los britanos fueron recluidos a Gales, Cornwailles, y el resto cruzó el Canal y pasó a Francia. Para el siglo X, los Sajones se consolidaron en la Isla como sí fuesen los pueblos nativos de la zona, creyéndose los formadores de  Inglaterra y despreciando a los galeses. Por su parte, estos últimos añoraban las glorias pasadas, cuando dominaban la isla, y por eso la tradición popular cantaba las gestas del héroe de Badon. A principios del Siglo IX ya se retrataba a Arturo como una gran Leyenda: las familias galesas cantaban las glorias de este héroe, los príncipes de Gales recibían por nombre Arturo, y los Britanos en Francia también cantaban las glorias de Arturo. El rey mítico pasó a ser inmortal.

    En el 1066, en las costas de Francia, surgió una fuerza militar liderada por el duque de Normandía que miraba a Inglaterra: los normandos. Éstos, herederos de los britones, no eran usurpadores; fueron los sajones quienes se asentaron en las tierras de los britones. El duque de Normandía, Guillermo, decidió revindicar a los britones, ayudándolos a recuperar lo propio, comenzando la reconquista de los territorios que les pertenecían. Es en este contexto que deciden revivir el mito Artúrico para usarlo como propaganda política.

    Guillermo venció a los sajones en la batalla de Hasting. A partir de entonces, los normandos tenían que mantener el orden pero para hacerlo tenían claro que se necesitaba mucho más que tropas: tenían que mostrarse como gobernantes justos. Además, era necesario ser legitimados rápidamente por la Iglesia, pues los monarcas franceses, de la dinastía de los Capetos, reclamaban este trono. Por todo ello, los normandos dirigieron la vista a los guerreros que habían tenido que trasladarse a Francia en busca de una figura mítica que los validara; el mejor candidato era Arturo. En el siglo XII, Enrique I, tercer rey normando en Inglaterra, pide a un monje galés, Geoffrey de Monmouth, que escriba la historia oficial de Britania, incluyendo la edad de oro de Arturo. Entonces el monje reinventa a Arturo para consolidar el nuevo orden inglés. Este mito se dispersa por las cortes europeas, y Arturo pasa a ser el monarca ideal y modelo de la  caballería perfecta.

    Nace el relato del mito:

    En tiempos de Geoffrey no se sabía nada del “Arturo Histórico”; sólo había permanecido la leyenda, a través de las tradiciones orales. Basándose en una serie de personajes históricamente comprobables, tradiciones, mitos orales, apoyado en la obra de Nennio, los Annales Cambriae y las recopilaciones de tradiciones populares galeses como el Mabinogion, y las poesías bárdicas de Taliesin y Aneurin, —además de mucha imaginación — Geoffrey reconstituyó la Era Artúrica, preparando la base para los relatos medievales posteriores. Por eso, no es exagerado afirmar que Monmouth es el creador del mito. Geoffrey fue un autor de gran importancia. Ganó el favor de Roberto I Duque de Gloucester y fue profesor de Historia de la Universidad de Oxford desde 1128 hasta 1139. Luego fue nombrado diácono de Llandaff, hacia 1140, y en el 1152 fue nombrado obispo de la abadía de Saint Aspa en Gales.

    Su obra más reconocida, la “Historia de los Reyes de Britania”,  pretendía narrar las vidas de los reyes británicos, desde Brutus el Troyano (mítico fundador del pueblo británico), hasta Caedwalla, rey de Gales del norte que reinó entre el 625 y el 634. La historia comienza con el relato de la llegada a Britania del legendario príncipe troyano Brutus, padre legendario de los britons. Después narra la historia de una serie de reyes que bien podrían no haber existido y a continuación hace hincapié en el periodo romano. Y luego, se acerca al corazón de la gesta artúrica. Sus narraciones continúan a principios del siglo V, cuando sitúa a Vortigern en el trono. Mormouth cuenta que el “usurpador” hizo un acuerdo con Hengist y Horsa, líderes de los sajones, pero estos últimos rompieron el pacto. Aislado en el norte, Vortigern pidió consejos a Merlín, quien le auguró que sería destronado por un rey de escasa edad. Aurelio Ambrosio lo hizo, pero murió pronto, y asumió su hermano Uther Pendragon, quien mantuvo a los sajones a raya y entabló estrechas relaciones con Merlín.

    Uther celebraba la Navidad en su corte. Un año asistió a ella el duque de Cornwall, Gorlois, con su mujer, Igraine. Uther se enferma de amor por esta última y el duque, ofendido, se retira: estalla la guerra entre ambos. Merlín decide ayudar a Uther, y “convirtiéndolo” en Gorlois, consigue que entre al castillo de Tintagel y yazca con Igrain. De esta unión nació Arturo, quien fue educado por Merlín. El talentoso joven, ya adolescente, asumió el trono tras retirar una espada de la piedra; desde entonces mantuvo a los sajones a raya.

    Geoffrey cuenta que Arturo conquistó Irlanda, Islandia y que incluso cruzó el Canal de la Mancha, haciendo importantes conquistas, que ninguna otra fuente menciona. También describe el matrimonio con Ginebra, y la espléndida corte situada en Caerlion upon Usk, en el límite sur de Gales. Finalmente, narra el fin de Arturo: emisarios romanos enviados por el Emperador Romolo Agusto llegaron a Camelot a exigir tributos, que Arturo se negó a pagar. Es más: organizó una expedición a Roma, dejando a Morded a cargo, pero este último intentó usurpar el trono y Arturo volvió a enfrentarlo. Entonces se produjo la fatídica Batalla de Camlan, en la que muere Morded y Arturo es herido.

    La leyenda no termina con el relato de Geoffrey. Él es el primer eslabón de lo que será un relato imparable que responde a lo que Joseph Campell llama “mitología creativa”. Muchos aportarán desde entonces al relato, dándole nuevas dimensiones que permitirán construir todos los arquetipos mentales de este mundo ideal del rey ideal. Entre ellos cabe mencionar a Chretien de Troyes (siglo XII), Wace y Wolfram von Eschenbach (siglo XII), Layamon (siglo XIII), Sir Thomas Malory (siglo XV), Edmund Spenser (siglo XVI), y Lord Alfred Tennyson (siglo XIX), entre otros.

    Hoy Arturo es inmortal. Aunque nació como consecuencia de una propaganda política de los normandos para legitimarse, la fuerza de lo creado superó la idea inicial. El mito Artúrico, y todo el canon legendario que lo rodea es hoy, una telaraña complejísima que sumada construye un mundo arquetipal perfecto, añorado y fascinante.

  • Leonor de Inglaterra

    Leonor de Inglaterra

    “La desconocida reina de Castilla, ocho siglos después”

    Hija y hermana de grandes reyes, entre ellos el mítico Ricardo Corazón de León, esta reina castellana refutó con su vida la idea de que, en el Medioevo, lo femenino se limitaba a lo doméstico. Aunque aún no hay una biografía definitiva de esta mujer excepcional, esto pronto va a cambiar gracias a una investigación financiada por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile. Para los ansiosos, aquí presentamos una primera aproximación al tema. A Leonor Plantagenet se deben muchos de los cambios culturales y políticos experimentados por Castilla durante el reinado de su marido, Alfonso VII; éstos permitieron que el reino adquiriera una condición hegemónica en la Península Ibérica. Y, al mismo tiempo que se desarrollaba como una gran gobernante, fue madre y esposa abnegada. Una mujer muy moderna, viviendo en el siglo XII.  

    Leonor es el nombre que los príncipes de Asturias escogieron para su primogénita, nacida en octubre del 2005. Pero quién será algún día reina de España no fue la primera en ostentarlo con orgullo en tierras ibéricas, sino que tiene un precedente en el siglo XII: Leonor Plantagenet, reina castellana, hija de la famosa Leonor de Aquitania y del poderoso Enrique II Plantagenet —rey de Inglaterra,  duque de Normandía y conde de Anjou—, hermana de Ricardo  Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El nacimiento de la pequeña infanta Borbón ha generado en España un renovado interés por la Leonor medieval.

    Ya su nombre tiene una historia propia: la abuela de la monarca de Castilla se llamaba Aenor de Chatellerault, por eso cuando nació su hija se le conoció como “la otra Aenor” —en el latín de la época era “alia Aenor”—, de lo que derivó a Alienor. A su vez, Alienor le dio su nombre a su sexta hija con el rey inglés, nombre que “castellanizado” derivó en Leonor. Leonor Plantagenet nació hacia el año 1161, en el Castillo de Domfront, en Normandía, al norte de Francia. En 1170, cuando la niña todavía no cumplía los 10 años, fue prometida en matrimonio al rey de Castilla. Entonces tuvo que partir de la refinada corte de Poitiers, donde había sido criada por su madre entre trovadores, músicos y poetas, a Burgos, la sede cortesana del reino de su prometido. Según las crónicas de la época, la acompañó en esta larga travesía a tierras lejanas una magnífica comitiva, encabezada por el arzobispo de Toledo —primado eclesial de Castilla—, los obispos de Palencia, Segovia, Burgos, Calahorra y, en palabras de un antiguo relato, “la más exquisita flor de la nobleza de ambas Castillas, no faltando la representación de las órdenes religiosas de San Benito y el Císter, singularmente de las órdenes militares”. Por si fuera poco, a ese impresionante grupo se unían en solemne y prestigioso séquito, el arzobispo de Burdeos, los obispos de Achen, Poitiers, Angouleme,Saintes, Pirigod y Bazas, y una multitud de nobles ingleses, aquitanos, bretones y normandos. Ese impresionante cortejo tiene que haber impactado a quienes lo vieron pasar cruzando la columna pirenaica hasta Tarazona, desde Burdeos a España, donde el rey Alfonso de Castilla, junto a sus nobles y al rey de Aragón – con quien el castellano había recién acordado una alianza-, esperaba a su futura esposa, la joven princesa de Inglaterra.

    Leonor llevaba los derechos sobre Gascuña, que el rey Enrique le entregaba en dote a su yerno para sellar la alianza matrimonial. A cambio de ese preciado territorio, el monarca castellano le ofreció a su mujer la jurisdicción sobre 14 ciudades, 16 castillos y las rentas de 9 puertos; a estas grandiosas arras se sumaban, según los documentos, “la mitad de las ganancias que hiciese  (el rey) a los moros desde el día de su matrimonio”, dado que en ese momento, Alfonso y los otros reyes cristianos de España  se encontraban en una intensa campaña de reconquista de la Península Ibérica, invadida desde el siglo VIII por los árabes.

    La “Crónica de Veinte Reyes” coincide con otros relatos al retratar a Leonor como una esposa amable, “muy amiga de su marido” en palabras de un relator anónimo, y cuentan que la relación conyugal entre ambos fue cercana y fructífera. Esto es notable, dados

    los antecedentes de ambos: la turbulenta y odiosa relación que sostuvieron por mucho tiempo los padres de Leonor, el temprano orfanato de Alfonso que no conoció padre ni madre, y considerando que los matrimonios entre nobles en esta época —y más aún entre futuros reyes—, se concertaban por conveniencia política, lo que no fue la excepción en este caso. Algunos relatos han pintado un cuadro menos idílico: según unas crónicas encomendadas por Alfonso X y Sancho IV en la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso VIII habría compartido amorosamente en Toledo, por mucho tiempo,con una judía de nombre Fermosa, conocida también como Raquel. Cuentan que: “fue satisfecho por una judía…y se olvidó de su mujer; y encerrándose con ella durante largo tiempo, tanto que no la podía dejar de ninguna manera, ni le importaba otra cosa alguna; y estuvo encerrado con ella poco menos de siete años, y no se preocupaba de sí, ni de su reino, ni de ninguna otra cosa.” Sin embargo, la falsedad de estos relatos tardíos ha sido denunciada por más de un trabajo erudito como un intento siniestro para deshonrar la memoria del rey Alfonso,mientras otros estudios históricos ni siquiera los han estimado dignos de consideración.

    La “Crónica General de España” afirma que la reina fue “muy  amable a su marido el Rey” y la “Crónica de Veinte Reyes” narra que “don Alfonso, haciendo su vida buena y muy limpia con su mujer Leonor, tuvo con ella hijos los cuales a ustedes contaremos”. A lo largo de 44 años de feliz matrimonio nacieron 12 hijos: las infantas Berenguela, Sancha, Mafalda, Urraca, Blanca, Constanza y Leonor, y los infantes Sancho, Fernando, Enrique; además, hubo otros 2 hijos de los que no sabemos prácticamente nada porque  murieron al nacer. Sancho, el primer hijo hombre, solo vivió unos meses, mientras que Sancha apenas alcanzó a vivir 2 años y, por ello, también es muy poco lo que sabemos de ellos. De los otros hijos tenemos abundantes fuentes, no sólo porque vivieron más tiempo, sino además porque Alfonso y Leonor se preocuparon de su futuro político con dedicación e inteligencia.

    La reina se esmeró en la educación de sus hijos, tal como su madre Leonor lo había hecho con ella. Testimonio de que este esfuerzo rindió frutos es, tal vez, la fama de santidad que alcanzaron dos de sus nietos, San Luis IX de Francia —hijo de Blanca— y San Fernando III de Castilla-León —hijo de Berenguela—. La narración de la “Crónica Latina de los Reyes de Castilla” deja constancia del amor que Leonor sintió por sus hijos y de la dedicación con que habría asumido su maternidad. Cuando su hijo Fernando falleció en 1211, el anónimo relato señala que “la reina se metió en la cama donde yacía su hijo; besando su boca y colocando sus manos entre las suyas, intentó incluso revivirlo o morir con él”.

    Probablemente el efecto más significativo que tuvo la madre sobre la posición de sus hijos y su familia en el concierto europeo se deba al gran peso que tenía la familia angevina de Leonor sobre los destinos del continente. La reina llegó a Castilla dotada de una influencia política claramente más decisiva que la de su esposo, lo que le permitió gestionar acuerdos matrimoniales entre su descendencia y las principales dinastías europeas. Con ello, la estirpe de Leonor quedó instalada en las principales casas reales de la Europa del siglo XIII.

    Berenguela, la mayor, se casó con Alfonso IX, rey de León. Ello significó el vasallaje y subordinación de éste a su suegro, Alfonso de Castilla; algo importante si se considera la hegemonía que pretendió alcanzar Fernando II —padre de Alfonso IX— sobre el reino de Castilla cuando, durante la minoría de su sobrino Alfonso VIII, el territorio era gobernado por regentes. La infanta Urraca se unió en matrimonio a Alfonso II de Portugal, Blanca con Luis VIII de Francia y Leonor con Jaime I de Aragón. Fernando moriría a los 22 años y Enrique sucedió a su padre Alfonso en el trono de Castilla.Constanza, mientras tanto, fue la abadesa del poderoso monasterio cisterciense de Las Huelgas, fundado en Burgos a instancias de su madre. Este monasterio es prueba del patronazgo religioso que asumió Leonor y del rol que cumplió como promotora de la reforma cisterciense en España. Además, tratándose de una orden de origen francés, este patrocinio fue una clara manifestación del carácter europeo que, producto de su iniciativa, iría adquiriendo Castilla bajo su reinado.

    La presencia de la reina supuso una apertura política de Castilla hacia el reino más poderoso de Europa y una alianza estratégica con Enrique de Inglaterra, el monarca de mayor prestigio en ese momento. En ese sentido, Leonor parece haber cumplido una función determinante en la “europeización” que experimentó el Reino de Castilla durante el reinado de Alfonso VIII. Además de su aporte político, la reina parece haber participado en dos de las más notables obras del reinado de Alfonso VIII: la fundación del Hospital del Rey en Burgos y en la del Estudio General de Palencia. El hospital acogía a los peregrinos que viajaban a Santiago de Compostela y hasta el día de hoy puede apreciarse parte de sus antiguas dependencias. La escuela de Palencia es, según muchos historiadores, la primera universidad española, aunque gozó de corta vida y sus maestros se trasladaron a Valladolid.

    Siguiendo los pasos de su madre, y honrando la educación que recibió de ella mientras crecía en el ámbito cortesano que imperaba en Poitiers, la reina Leonor trajo consigo tradiciones culturales que eran desconocidas hasta entonces en la corte castellana. Aunque hay poca información al respecto, ella indica que la presencia de Leonor habría empapado la corte de Burgos con la elegancia y sofisticación literaria de las cortes extranjeras. ¿Habrá cargado por sobre los Pirineos hasta tierras castellanas la épica del Rey Arturo, que en tantas ocasiones habría animado las sesiones cortesanas  en Aquitania? Es difícil de saber hasta qué punto la influencia de la familia real inglesa entró en Castilla con Leonor, pero los versos del trovador Ramón Vidal de Bezalú pintan una escueta imagen de lo que podría haber significado el influjo Plantagenet en la corte de Alfonso VIII: “Y cuando el rey había convocado a su corte,tanto caballero, barón rico, y juglar, y la compañía se había reunido, entonces vino la reina Leonor modestamente vestida en con un manto de material fino, rojo, con bordes plateados, con leones dorados. se inclina ante el rey y cerca de él toma asiento.”

    Los leones dorados mencionados por el trovador son los leopardos que, sobre un fondo de gules, componían las armas heráldicas del rey de Inglaterra. Es precisamente en este período, y probablemente por influencia de Leonor, que el monarca castellano adoptó por primera vez, un escudo real, compuesto por un castillo dorado sobre un fondo de gules, usando los colores emblemáticos de  su suegro y manifestando, tal vez, el carácter familiar de la alianza. Según la historiadora Régine Pernoud la corte castellana era frecuentada,además de Ramón Vidal, por muchos otros artistas extranjeros que animaban la escena cultural. Cuando la ya envejecida Leonor de Aquitania visitó a su hija en el año 1200 para concertar el matrimonio entre su nieta Blanca y Luis VIII de Francia, ésta debe haber gozado con nostalgia del sofisticado ambiente artístico de la corte que, tanto en Burgos como en Toledo, entretenía y encantaba a los asistentes como antaño en la corte de Poitiers. La incipiente actividad artística en las cortes de Castilla deja también de manifiesto un importante fenómeno cultural y social que comenzaba a gestarse en la Europa del siglo XII: la decisiva participación de mujeres nobles en la promoción y desarrollo de las artes. Además, la visita de la duquesa de Aquitania no sólo revela la intensa actividad cortesana que se practicaba gracias a su hija en Castilla, sino que también da cuenta de la importancia política que iba adquiriendo este reino ibérico en el escenario diplomático de Europa.

    Leonor murió a los 53 años en su querida Burgos, el 31 de octubre del año 1214; sólo 25 días antes había fallecido su esposo, Alfonso VIII, rey de Castilla. Desde entonces sus sarcófagos han estado unidos por la piedra sepulcral en el Real Monasterio de Santa María de las Huelgas (Burgos) sumando 800 años a los 44 años de su feliz —y fructífera— unión conyugal.

  • A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    Bajo la excusa de los noventa años que Enrique Lihn podría haber cumplido, ofrecemos un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    “¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto”. Esto escribía Roberto Bolaño en 2002, un año antes de su muerte, en una columna publicada el 30 de septiembre en el diario Las Últimas Noticias, donde escribía semanalmente. La relación de Bolaño con Lihn se fraguó a través de un intercambio postal –que el poeta mantenía con varios escritores jóvenes– pero sobre todo a través de la lectura, como sucede con una infinita constelación de lectoras y lectores para quienes Lihn es un referente como escritor, como artista y como sujeto. Leer a Lihn es conocer una manera crítica de percibir el mundo; conocer a Lihn es dialogar con la impertinencia, la incomodidad del “sarcasmo de la inteligencia crítica”, como la llama Adriana Valdés. Aquí, bajo la excusa de los noventa años que el escritor podría haber cumplido, un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    Enrique Lihn nace en Santiago el 03 de septiembre de 1929 y fallece, en la misma ciudad, el 10 de julio de 1988. Hijo de una familia de la pequeña burguesía santiaguina, el escritor tiene sus primeros acercamientos al arte a través de las influencias literarias, pictóricas, musicales y místicas de su abuela materna y las de su tío, Gustavo Carrasco, pintor e ilustrador, quien lo alienta a ingresar a la Escuela de Bellas Artes, cuando el escritor tiene trece años. Un año después dejará el colegio y se dedicará largo tiempo a la creación pictórica, de la que derivará a la escritura. Pero las artes plásticas no desaparecen del trabajo de Lihn, si bien deja por un tiempo esa práctica, el lugar de la pintura en su obra es fundamental. Lo será tempranamente cuando ejerce como crítico de arte en la revista Pro Arte, también en la autorreflexividad de su poesía situada, donde la relación del mundo con el lenguaje, su experiencia del viaje, su calidad de meteco se alimentan de su tránsito por el arte. Si bien el escritor abandona formalmente la Escuela de Bellas Artes, es aquí donde se forja el grupo que luego recibirá la denominación de Generación del ’50, en el que participan otras figuras relevantes de la vida cultural chilena de esa época, como Luis Oyarzún, Roberto Humeres y Nicanor Parra, además de los miembros de dicha generación.

    En el año 1952, Lihn –junto a Parra, Jodorowsky y Jorge Berti (mecánico automotriz y mueblista)– publican el periódico mural Quebrantahuesos, que se exhibía en calle Ahumada, principal vía peatonal y comercial del centro de Santiago, en una vitrina del restaurante “El Naturista”. En este se incluían parte de los “trabajos verbales” que realizaba Parra en su casa y que consistían en el montaje de frases, realizadas por los miembros del grupo, las que se intercalaban en un poema, acompañadas por caricaturas, recortes de diarios y revistas. La importancia del Quebrantahuesos en el desarrollo de la literatura y las artes visuales en Chile es incuestionable, entre otras cosas, por el cuestionamiento a los formatos tradicionales y la concepción crítica del arte. Esto y la publicación de Poemas y antipoemas (1954) del mismo Parra son fundamentales en la historia del autor.

    Una de las cosas características en la vida de Lihn es su permanente desencuentro con las formas de vida práctica: vive en casa de sus padres pasados los cuarenta años y la subsistencia es una de sus principales angustias; sus trabajos alternaban entre sus colaboraciones a distintas revistas, la dirección de algunos medios académicos, clases y la escritura. Si bien vivirá fuera de Chile en distintos períodos, principalmente como beneficiario de algunas becas como la de la Unesco y una invitación del Gobierno cubano a trabajar en ese país, Lihn es uno de los pocos intelectuales que permanece en Chile después del Golpe Militar de 1973 y lo hará como académico del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile. Sus viajes, que quedan reflejados en parte importante de su producción poética, son producto de invitaciones por parte de distintas universidades tanto americanas como europeas. En 1975 viaja a Nueva York y realiza lecturas en Yale, Rutgers, Maryland y Stony Brook; en 1976 es profesor invitado en la Universidad de California –Irvine– y en 1977 se le concede la beca de la Fundación Guggenheim. En estos años publica París, situación irregular (1977) y A partir de Manhattan (1979), dos libros marcado por la experiencia del viaje, la imposibilidad del lenguaje que se acentúa frente a una lengua extranjera y el recuerdo de los espacios oscuros y represivos de su infancia. Al último libro nombrado pertenece uno de sus poemas más conocidos, “Nunca salí del horroroso Chile”: “Nunca salí del horroroso Chile / mis viajes que no son imaginarios / tardíos sí –momentos de un momento– / no me desarraigaron del eriazo / remoto y presuntuoso / Nunca salí del habla que el Liceo Alemán / me inflingió en sus dos patios como en un regimiento / mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible / Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor: / el miedo de perder con la lengua materna / toda la realidad. Nunca salí de nada”.

    La situación personal del autor en esa época es compleja y no siempre bien comprendida; si bien tenía serias disidencias con la militancia dogmática y cerrada que caracterizaba a algunos grupos  de la izquierda de entonces, nunca careció de un profundo sentido de compromiso con la realidad y de profunda –y a ratos dolorosa– disidencia con la situación imperante. La asfixia que le producía permanecer bajo el estado de censura y totalitarismo en el que vivía Chile por esos años son motivo frecuente en su obra, tanto en la búsqueda de nuevas formas de escritura y de reflexión sobre la realidad, así como en su labor como articulista donde desplegará su más acérrima, inteligente y crítica lucha contra la censura. A esta tiempo pertenecen El Paseo Ahumada (1983), Pena de extrañamiento (1986) y La Aparición de la Virgen (1987).

    En 1987, el autor enferma de cáncer. Durante el breve período que dura su enfermedad llevará un diario y creará una historieta. Esta se publica de manera póstuma, bajo el título de Roma la loba, una muestra gráfica de la angustia que vivía el escritor en sus últimos días. Sobre este tiempo han circulado una serie de mitos urbanos, pero sin duda, es Adriana Valdés, en su libro Enrique Lihn: vistas parciales, quien aporta el relato más cercano y certero de ese tiempo, de los afectos, obsesiones y la escritura del autor. Además de la historieta mencionada, al año siguiente de su deceso, Valdés, a quien Lihn le encomienda la publicación de esos poemas finales, junto a Pedro Lastra se encargan de la edición de Diario de muerte (1988). Ambos escritores no solo tenían una profunda cercanía con Lihn sino que también son algunos de los lectores más lúcidos de su obra. Lihn publica sus primeros poemas en el volumen titulado Nada se escurre (1949), luego seguiría Poemas de este tiempo y el otro (1954) y La pieza oscura (1957-1963).

    Su primer libro de narrativa reúne cuatro cuentos de distintas épocas y recibe el título de uno de ellos –precisamente el texto recogido por Enrique Lafourcade en su Antología del cuento chileno– Agua de Arroz (1964). El relato más conocido de este libro es “Huacho y Pochocha”, publicado por primera vez en El nuevo cuento realista chileno (1962), compilación de Yerko Moretic y Carlos Orellana, a partir del cual el autor construye una línea reflexiva que seguirá en sus posteriores producciones narrativas. En estas, Lihn tomará por primera vez el tema de la articulación de una literatura que se construye desde la realidad y que discute el estatuto de lo literario en contraposición al primer término.

    En 1966, aparece Poesía de paso –con el que obtiene el premio Casa de las Américas– producto de su paso por Europa, gracias a una beca de la Unesco para estudiar Museología. En este libro comenzará un registro que luego será una constante en la producción poética del autor: los viajes y la extranjería, el fracaso ante la lengua ajena: “Cirios inmensos para siempre encendidos, / surtidores de piedra, torres de esta ciudad / en la que, para siempre, estoy de paso / como la muerte misma: poeta y extranjero; / maravilloso barco de piedra en que atalayan / los reyes y las gárgolas mi oscura existencia”.

    En este libro también reaparece la pintura como parte de esa extranjería, en la medida en que el hablante recorre el museo a través de la palabra y re-conoce aquellas reproducciones que veía en su infancia mientras se enfrenta al original: “Ciudades son imágenes. / Basta con un cuaderno de escolar para hacer la absurda vida de la poesía / en su primera infancia: / extrañeza elevada al cubo de Durero, / y un dolor que no alcanza a ser él mismo, melancólicamente”. Luego de este viaje el poeta parte a Cuba, donde vivirá dos años. De esta experiencia es Escrito en Cuba (1969), texto en el que Lihn articula su concepto de “poesía situada”, precisamente en un momento en el cual a la poesía –latinoamericana– se le exigía un compromiso social y político evidente, lo que radicalizará la veta autorreflexiva. Su siguiente libro de poemas, La musiquilla de las pobres esferas (1969), es un texto fundacional como un todo en torno a esa temática y el desarrollo de esa “poesía situada”, concepto fundamental en su obra y que se refiere a lo que Lihn llama “el enfrentamiento con la situación”, es decir, una escritura consciente de su entorno y de sus condiciones de producción, recepción y circulación.

    En 1973 aparece su primera novela, una suerte de folletín paródico, con muchos elementos tanto estructurales como temáticos del cómic, titulado Batman en Chile o El ocaso de un ídolo o Solo contra el desierto rojo. Luego vendrán otras dos novelas: La orquesta de cristal (1976) y El arte de la palabra (1980), las que se caracterizan por el cripticismo de su escritura, cripticismo concentrado en una narración claramente metaliteraria, reconstruyendo mundos que aluden a un pasado asimilado de manera decadente en América Latina (la Belle Èpoque) y cuyo protagonista es Gerardo de Pompier, histrión literario (noción heredada de E.A. Poe) quien también va a protagonizar la performance Lihn & Pompier que da origen al book-action del mismo nombre.

    Lihn publicó sus libros en distintas partes, no solo dentro de Chile (Cuba, México, Perú, España, Francia y Estados Unidos). Asimismo, en vida se encargó de dirigir algunas antologías suyas, especialmente en España y EE.UU.: Algunos poemas (1972), Por fuerza mayor (1975), Álbum para toda especie de poemas (1989), Mester de juglaría (1987), The dark room and the other poems (1976) y Al bello aparecer de este lucero (1983). 

    “¿Merecíamos los chilenos a Lihn?”, se preguntaba Bolaño, un chileno profundamente chileno y profundamente extranjero. La respuesta del autor es tan lúcida y aguda como la pregunta. Agregó también que lo necesitábamos, por la calidad de su obra, de su pensamiento crítico, de la impronta ética y estética de todo su trabajo. También para abrir los ojos y enfrentarse a lo incómodo. Para aprender a leer de otra manera, o a pensar más allá de los entretelones de la contingencia.

  • El Muro de Berlín a 30 años de su caída: La idea del Muro, encerrar a toda una población

    El Muro de Berlín a 30 años de su caída: La idea del Muro, encerrar a toda una población

    El muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento.

    Los muros parecen estar de moda. Después de la exitosa serie de HBO Game of Thrones todos parecían encontrar lógico “The Wall in the North”, que separaba y protegía la civilización de lo no civilizado e incluso de los muertos vivientes. La verdad es que la ficción siempre se basa en la realidad. Ha habido muchos muros en la historia, la Gran Muralla China, el Muro de Adriano, el llamado Offa’s Dyke entre Mercia y Gales, por nombrar algunos. Todos ellos se construyeron para evitar que las personas entren a un lugar.

    La migración es algo muy humano y de hecho hoy se habla de ella como un derecho. En la historia, los movimientos humanos han sido muchos y siempre van de economías  deprimidas a economías más pujantes. Las personas se mueven buscando un mejor futuro. Nadie abandona su lugar de origen para estar peor en otro lugar. De hecho, las ciudades desde sus orígenes, buscando la defensa y controlar la migración, fueron concebidas como un recinto cerrado. Las murallas y los puentes controlaban también el pago respectivo de impuestos. El muro de Adriano fue construido por los romanos para dividir la Britania romanizada de la tierra de los pictos, hoy Escocia. No se trataba de impedir invasiones pictas, sino de controlar el comercio y asegurar el pago de los impuestos, algo que a los romanos les preocupaba en demasía.

    Pero el muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento. Justificarán lo injustificable llamándolo “Barrera antifascista”, pero la verdad es que se trató de encerrar a las personas impidiéndoles buscar un futuro mejor. A treinta años de la caída de este brutal experimento, vale la pena recordar varios hechos y representarlos para las actuales generaciones. La idea de encerrar a gran parte de la población tiene que ver con un momento de la historia en que falsas creencias nublaron las mentes de las personas. El siglo XX es un siglo complejo, construido desde la visión filosófica del siglo XIX que abandona a Dios y, por lo mismo, se entrega a cualquier cosa. La disolución del concepto de verdad objetiva abre paso a las verdades múltiples y a las falsas verdades, que se manifiestan en las ideologías que pretenden “instaurar el paraíso terrenal sobre la tierra”.

    El racionalismo establece un nuevo concepto de mundo que empodera al hombre. Es ahora el ser humano con su razón el que crea la realidad, “pienso, luego existo” y el que está llamado a “Instaurar el imperio del hombre en el mundo”. Las visiones de René Descartes y Francis Bacon abrirán el paso a la revolución científica y a cambios antes inimaginables. Todo se redefinirá en términos humanos. El hombre es lo más importante y por tanto el arte se enfocará en él y su cotidianidad. La arquitectura buscará elevar a reyes y a personajes poderosos. El poder en esta tierra pasará a ser lo esencial. Nacerá la política moderna que considera que el soberano es el hombre. El concepto de soberanía popular y de creación de la sociedad desde el pacto se impondrá.

    Dos visiones opuestas aparecerán aquí y estarán presentes hasta hoy. Serán la base de dos visiones de mundo que se convertirán en ideologías. Las ideas de John Locke y de Jean  Jacques Rosseau. Locke cree que el hombre en el llamado estado de naturaleza es bueno y que tiene derechos anteriores al pacto que son sagrados. Hay que protegerlos a toda costa. Estos derechos son el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Para asegurar la protección de esos derechos se hace un pacto y se elige a un gobernante, que debe ser pequeño, ya que de lo contrario podría pasar a llevar los derechos de los individuos. Los individuos son los sujetos de derechos y el Estado solo debe estar cuando el individuo no puede hacerlo, debe ser subsidiario. Para Locke, el individuo es más importante que el Estado y la libertad es más importante que la igualdad. En contraposición está Jean Jacques Rousseau, suizo, parte del movimiento ilustrado francés. Aunque comienzan igual, no son lo mismo; más bien son “agua y aceite”. Él cree que en el estado de naturaleza el hombre es bueno, un bon sauvage. El hombre nace libre y bueno, dice Rousseau en su Contrato Social… Pero se lo ve por todas partes encadenado y corrupto. El hombre es bueno, pero la sociedad lo corrompe. El hombre era nómade, un buen salvaje que corría libre por las praderas… pero se sedentarizó y comenzó a acumular. Rousseau cree que la propiedad es el origen del mal, porque genera la desigualdad. La bondad tenía que ver con la igualdad y la corrupción con la desigualdad. Él cree que para recuperar la bondad perdida el “buen salvaje” debe entregar su voluntad a la voluntad general y constituir un gobierno que debe devolver la bondad perdida. El Estado es el único capaz de hacer eso. El Estado debe redistribuir devolviendo la igualdad y con ella, la bondad. Para Rousseau, el Estado es más importante que el individuo y la igualdad más importante que la libertad. Estas dos posturas explican toda la política hasta hoy. Locke es padre del llamado liberalismo que inspirará la Revolución de la Independencia americana y Rousseau es el padre del socialismo que llevará a la Revolución Francesa.

    Ambas visiones son la base de la democracia actual en sus dos versiones, libertaria y socialista. La idea roussoniana aplicada en la Revolución Francesa por los jacobinos llevará a instaurar la idea de que la causa permite y justifica cometer atrocidades. Saint-Just quería renovar la “raza humana desde la sangre” y afirmaba que el fracaso de la convención se debía a no haber muerto a suficiente cantidad de personas. Los jacobinos dividieron el mundo en pueblo y no pueblo; en “amigos” y en “enemigos” de la Revolución. A unos de se los gobierna con la razón y a los otros, con el terror. Está justificado y es deseable eliminarlos. La Revolución Francesa será una masacre en la que los realistas y católicos serán perseguidos y eliminados sistemáticamente. Estas ideas de socialismo, laicismo y fanatismo entrarán en Europa con las invasiones napoleónicas, que son hijas de la Revolución y exportarán sus ideas. La invasión francesa sobre Europa levantará el movimiento nacionalista en Alemania e Italia, países aún no constituidos, que comenzarán a tratar de definir qué es lo que son. Muchas veces, para saber qué se es, es más fácil definirse desde lo que no se es y lo que estaba claro es que franceses no eran. Tanto las revoluciones de 1830, como las de 1848 combinan ideas de nacionalismo, socialismo y romanticismo. Es la idea de la democratización que queda en el ambiente en sus diversas expresiones desde la Revolución Francesa. El establishment europeo temía a la expansión de las ideas socialistas jacobinas y tras la derrota de Napoleón hizo todo lo posible por controlar esta “infección”. Pero el socialismo creció y para la segunda mitad del siglo XIX era la tónica del mundo.

    Tras su larga búsqueda de su ser, Alemania logró el sueño de la unificación. Fue el reino de Prusia y no Austria el que logró unir los diversos principados con “Sangre y Hierro”. Otto von Bismark, tras enfrentarse a Dinamarca en 1864 y a Austria en 1866, que lograron poner a Prusia en las ligas mayores, buscó una guerra externa para sumar al sur de Alemania a la Unión. Francia, con Napoleón III, le da lo necesario. Tras derrotar a los franceses en la batalla de Sedán, se declarará el Segundo Reich Alemán en el salón de los espejos del palacio de Versalles. Unificada, Alemania entrará fuertemente en la segunda fase de la revolución industrial con el gran problema que aunque produce más y mejor, no puede competir con Inglaterra, que tiene colonias que le aseguran materias primas baratas y mercados para sus productos. Será esta competencia industrial la  que en combinación con el ascenso del nuevo kaiser Guillermo II llevarán al mundo a la Primera Guerra Mundial.

    El socialismo había crecido durante la segunda mitad del siglo XIX y había pasado de una visión utópica a una científica, que aseguraba resultados inexorables. Desde la publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, la visión materialista determinista, como la historia de la lucha de clases, se impuso. Marx publica el Capital en 1867, su gran compendio económico. Su obra magna la completa Engels, ya que la muerte encuentra a Marx antes de terminarla. Para fines del siglo XIX los socialismos crecieron en todas partes y la visión de Marx se convirtió en una nueva religión laica en la que la Internacional Socialista ejecutaba rituales del tipo religioso. La idea de la unión de los obreros del mundo tomando conciencia social y apoderándose de los medios de producción para cambiar la infraestructura de la sociedad y la economía, se impuso y se generalizó. La economía era la base de todo. Si se cambiaba la economía, se cambiaba la sociedad. Esto era científico, por lo que sí algo fallaba, era boicot.

    Durante la Primera Guerra Mundial, Lenin se hizo del poder en Rusia. Tras una revolución en febrero que derrocó al zar, Lenin radicalizó el movimiento en el mes de octubre de 1917. Tras un plebiscito que demostró que su postura no era la mayoritaria, Lenin buscó la guerra civil para imponer sus ideas. Aplicando la lección jacobina, pudo eliminar a todos los “No pueblo”, justificando lo injustificable. Una vez afirmada la Revolución tras el triunfo en la guerra civil, Lenin decidió aplicar las ideas internacionales de Marx. Se estableció en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas la llamada Internacional Comunista, el Kommintern, que debía definir los dictámenes para todos los partidos comunistas del mundo. Los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial eran el caldo perfecto para expandir la revolución. 1919 será el año Rojo en que intentonas comunistas tratarán de hacerse del poder en Italia, Alemania, Hungría y hasta Inglaterra. Frente a esto, surgirán los llamados socialismos nacionalistas, como el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Todos creen en el Estado por sobre el individuo, son socialistas, son de izquierdas, pero son nacionalistas y no internacionalistas, como el comunismo. Por eso son anticomunistas.

    Había un consenso mundial en el socialismo y la necesidad de los Estados de controlar las áreas estratégicas de la economía, y es más, parecía ser que los resultados de las economías planificadas eran admirables. Stalin había logrado industrializar a la URSS en pocas décadas; el punto era a qué costo. Incluso aquellos que creían en la libertad aceptaban la idea de Keynes de que el Estado debía intervenir en la economía y controlar la producción y los precios. Su visión parecía ser sensata tras la crisis de 1929, que dejó en evidencia lo inescrupuloso del libre mercado.

    En 1933, Adolf Hitler asume como canciller de Alemania y al año siguiente muere el general von Hindemburg, por lo que Hitler declara el fin de la República de Weimar y establece el Tercer Reich que estaba destinado a durar mil años. Hitler, en su visión de crear el espacio vital para la raza aria, lleva al mundo a la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Con una “guerra relámpago” ocupa gran parte de Europa para abril de 1940. La guerra se extenderá hasta 1945 y pondrá al mundo en jaque. El gran error de Hitler fue la invasión a la Unión Soviética, lo que terminó con su alianza con Stalin y le generó un desgaste que luego le haría perder la guerra.

    Los aliados reorganizaban el mundo y habían acordado la liberación de Europa para luego liberar el Pacífico. Las fuerzas del eje son atacadas desde el sur por Sicilia y desde el norte por Normandía. Una vez liberado París, avanzan hacia Berlín. Hitler se suicida en un bunker junto a su mujer, Eva Braun. El general Jodl firmará la rendición final. Alemania quedaba dividida en cuatro zonas de ocupación: una inglesa, una francesa, una americana y una soviética. En la zona soviética quedaba la ciudad de Berlín, también dividida en cuatro subzonas con los mismos ocupantes. Ya en la conferencia de Postdam se aprecia que los liberadores de Europa, no eran precisamente amigos. Stalin tenía otras intenciones.

    Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance de la izquierda se hizo sentir. Winston Churchill ganó la guerra, pero perdió la paz. En las elecciones de 1945 es electo el candidato laborista Clemens Atlee. Su intención era incrementar el rol del Estado en la economía británica y lograr el control total de todas las áreas estratégicas de producción. Se produce la nacionalización del carbón, el gas, los trasportes, el petróleo e incluso la banca. Atlee quería terminar con las empresas privadas y esperaba construir un Estado de Bienestar que protegiera a los ciudadanos británicos desde la cuna a la tumba. Le encarga a lord Breveridge el informe para la construcción de la nueva Jerusalén.

    Mientras tanto, Stalin había ocupado la mitad de Europa y, como dijo Churchill en su discurso en Fulham, se había establecido en Europa una “Cortina de Hierro”. La idea era aumentar el área de influencia de la Unión Soviética intentando controlar nuevos territorios. Se hacía sentir la Guerra Fría, los bloques congelados de dos ideologías opuestas competían por lograr más áreas de influencia en una Europa destruida. Alemania era el centro de la polémica. En los últimos días de la guerra había sido dramáticamente bombardeada, lo que dejó a todas las grandes ciudades alemanas reducidas a cenizas. Era la llamada hora cero “stunde null”. Con la moral en el suelo y el país totalmente destruido, los alemanes veían un futuro incierto. La liberación de los soviéticos por el este implicó la violación de casi todas la mujeres alemanas. La amenaza soviética hizo que el secretario de Estado norteamericano, George Marshall, decretara un plan de ayuda económica para levantar a Europa y evitar que cayera en manos comunistas. Grandes sumas de dinero fueron entregadas para la reconstrucción de los países y el hielo de la Guerra Fría se hizo sentir cuando Checoslovaquia y Hungría quisieron postular a esta ayuda. La Unión Soviética dijo que no podían aceptar. Eran dos visiones de mundo y dos sistemas económicos diametralmente opuestos.

    Alemania dividida en sus cuatro zonas de ocupación lidiaba con estas dos visiones. Los americanos estaban obsesionados con desinfectar las mentes alemanas e iniciar un proceso de desnazificación. Eliminaron los símbolos nazis de las edificaciones e intentaron limpiar el territorio de la ideología visible. Llevaron a cabo en la ciudad de Nuremberg el juicio a importantes próceres nazis por crímenes de lesa humanidad. Del mismo modo, obligaron a la población local a remover los miles de cuerpos de las fosas comunes y darles digna sepultura.

    El antiguo alcalde de Colonia, Konrad Adenauer, había formado un nuevo partido político, Christian Democratic Union (CDU), que serviría para la restructuración de Alemania. Habiendo participado en el Zentrum y perseguido y encarcelado por los nazis, parecía ser la persona correcta. La Guerra Fría recrudecía y restructurar a Alemania parecía sensato y necesario. La posguerra parecía casi unánimemente abrazar al socialismo. Todos creían en las ideas de Keynes, en la necesidad de la intervención del Estado en la economía. Todos, menos un pequeño grupo de disidentes. Economistas de la llamada escuela austriaca, entre los que se encontraban Ludwig von Misses y Friedrich Hayek. Estos minoritarios se reunirían en un hotel de Suiza, en Mont Pelerin. Estaban preocupados, ya que veían que la libertad estaba en peligro y estaban convencidos que no podía haber libertad política sin libertad económica. Que las dos eran inseparables. A esta reunión llegaron alumnos de la universidad de Chicago, entre ellos, Milton Friedman.

    Fue entonces cuando Stalin decidió apoderarse de Berlín y estableció un bloqueo a la parte occidental de la ciudad, como medida de presión para apoderarse de la capital alemana de modo completo. Los norteamericanos decidieron hacer un plan de salvataje que consistió en establecer un puente aéreo para el abastecimiento de la ciudad. Los aviones salían desde la zona americana hasta Templehof llevando las provisiones necesarias para que la población de la ciudad no cayese en manos enemigas. Esto se mantuvo por casi un año. Era común que antes de aterrizar los pilotos americanos lanzaran chocolates Hershey a los niños que se acumulaban cerca del aeropuerto. El esfuerzo logístico y económico de esta heroica acción fue muy alto. Finalmente, el  29 de julio de 1949, Stalin decidió poner fin al bloqueo, con lo que se solucionaba la crisis inmediata. Las tres zonas occidentales decidieron constituir la que sería la República Federal Alemana RFA y nombrarían a Konrad Adenauer como su primer canciller. Del mismo modo, la zona soviética se constituía como la República Democrática Alemana RDA y nombraban a Walter Ulbricht como su jefe, quien respondía directamente al Kremlin soviético. Alemania quedaba dividida en dos. Alemania se convertía en la encarnación de la división del mundo.

    Adenauer comenzó la reestructuración de Alemania. Se acercó al mundo judío buscando la reconciliación y llegaría a ser muy amigo de Ben Gurion. Tomó una postura radical en contra del comunismo, entendiendo que el futuro de Alemania dependía del combate a esta ideología. Para la lucha contra el comunismo su principal aliado fue Estados Unidos, aunque su relación con Eisenhower no fue siempre fácil. Pero el gran problema de Alemania Federal fue mejorar la economía, controlar el mercado negro y el desabastecimiento. Adenauer nombró como ministro de Economía a Ludwig Edhard, miembro del grupo de Mont Pelerin y creyente en la libertad económica. Es por esto que aunque Alemania Federal seguía bajo la supervisión de los aliados, Edhard decidió liberar los precios, cosa impensada en el ambiente de la  época. Logró estabilizar el marco y con la libertad de precios, la  economía de Alemania comenzó a mejorar a pasos agigantados.

    De hecho, mientras el resto de Europa había optado por el camino del socialismo y el desabastecimiento era la tónica de todos, Alemania tenía los escaparates llenos de productos. Edhard creía en la libertad y en la competencia como el modo más eficiente para crecer y lograr la prosperidad. La libertad económica produjo el llamado “milagro alemán”. El desempleo bajó a tasas mejores que todo el resto de Europa y la bonanza económica hizo a todos mirar con cierta curiosidad. Ningún país de Europa había logrado niveles de recuperación como los de Alemania Federal. Si esto era evidente en relación a todos los países europeos, era aún más explícito con respecto a la otra mitad de Alemania. Esto provocó una fuerte migración, amenazando la sobrevivencia de la Alemania Democrática. Estaba quedando sin personas, por lo que Walter Ulbricht planteó la idea de construir un muro para evitar que la gente emigrara. Así, en 1961, los habitantes de Berlín se sorprendieron cuando un muro de alambres separó a la ciudad en dos. Ese primer muro se fue sofisticando, dividiendo la ciudad en dos por 28 años. El muro sería el símbolo de la Guerra Fría y la frontera de dos mundos irreconciliables

  • “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    Cuando se habla de “maquiavelismo” y de “maquiavélico”, en el lenguaje corriente, se alude a una manera inmoral de proceder, caracterizada por la hipocresía y el engaño. En realidad, Niccolò Machiavelli (su verdadero nombre y que usaré en este trabajo) estaba lejos de sugerir una actitud de ese tipo y – además –fue muy poco “maquiavélico” en su  vida, que resumiré a continuación.

    Niccolò Machiavelli nació en 1469 y asistió a la caída de los Medici en 1494. Después del intento republicano de Savonarola, que fue condenado a muerte en 1498, el gonfaloniere Pier Soderini lo llamó a ocupar el cargo de secretario de la Segunda Cancillería (Interior y Guerra). Se mantuvo allí durante los conflictos bélicos entre Francia y España, teniendo diversas misiones diplomáticas en Roma, en la corte de Luis XII, en el Tirol, en Urbino y Senigallia (donde conoció a Cesare Borgia). Tuvo que alejarse del gobierno al término de la República Florentina y el regreso de los Medici, en 1512. Además fue arrestado por un  presunto complot antimediceo y, ya libre, se dedicó a escribir en Albergaccio, en Sant’Andrea in Percussina, cerca de San Casciano in Val di Pesa. De esa época son sus obras principales, entre las cuales están Il principe, que escribió en 1513 y que habría de ser publicado sólo en 1531, cuatro años después de su muerte. En 1520, el cardenal Giulio de’ Medici le encargó una Historia de Firenze  (1520-25), pero dicha labor le costó la pérdida definitiva del puesto de secretario, cuando se restableció la República, en 1527, año en el que, creo decepcionado, murió. O sea que, si de olfato o de oportunismo políticos se trata, Machiavelli no los poseyó absolutamente. Ello explica también el pesimismo con que desarrolló su visión de ordenamiento del mundo civil y militar.

    Debo aclarar de inmediato que nunca escribió que “el fin justifica los medios”. Ni tampoco es – como dicen los políticos actuales – “lo que quiso decir”. Además de que la frase no  aparece en ninguno de sus escritos, existen elementos contradictorios al interno de su obra. Una afinidad podría advertirse en este pasaje: “Facci dunque uno principe di vincere e mantenere lo stato: e mezzi saranno sempre iudicati onorevoli e da ciascuno lodati; perché el vulgo ne va preso con quello che pare e con lo evento della cosa” (“Dedíquese, por lo tanto, un príncipe a ganar y a mantener el Estado: los medios serán siempre juzgados como honrosos y alabados por todos; porque al vulgo hay que tomarlo con aquello que aparece y con el evento de la cosa”; II Principe, cap. XVIII). Si bien es cierto que el sentido es parecido, la frase se refiere a la razón de Estado y no a cualquier conducta del Príncipe. La salvación del Estado es necesaria y debe ser antepuesta a las personales convicciones éticas del Príncipe porque él – ¡atención! – no es el amo, sino el servidor del Estado.

    ¿Por qué se necesitaba un Príncipe en Italia? Porque la península, después de la expedición de Carlos VIII (1494), era un territorio de conquista, de continua beligerancia y de permanente inseguridad. Se requería de una política hegemónica, como la de Francia y de España. No existían sólidos organismos estatales unitarios ni tampoco ejércitos “ciudadanos”, sino compañías de ventura mercenarias. Se habían perdido casi todos los valores que daban un fundamento sólido a un vivir civil y que existían en la antigua Roma: el amor a la patria, el sentido cívico, el espíritu de sacrificio y el impulso heroico, el orgullo y el sentido del honor. Todo había sido substituido por una actitud escéptica y renunciataria, que inducía a abandonarse fatalísticamente al capricho mutable de la fortuna, sin reaccionar ni luchar.

    Toda la especulación política de Machiavelli está dirigida al objetivo histórico de la presencia de un Príncipe capaz de organizar las energías que potencialmente existen para contrastar las miras expansionistas de los Estados vecinos. Y para delinear esa figura del Príncipe hegemónico era necesario desarrollar la política como ciencia y no como mera especulación. Por ejemplo, para Aristóteles (el filósofo más renombrado y  considerado en ese momento) el hombre era un zoón politikon, o sea que su valor como individuo se medía en razón de la ventaja o del daño que entregaba a la polis. Aquel que no actuaba políticamente era un  idion, un ser carente e incompleto.

    En tratados medioevales, se analiza la figura del Príncipe en cuanto a sus virtudes cristianas. Por ejemplo, Erasmo de Rotterdam escribe, en 1516, su Institutio principis christiani (La educación del príncipe cristiano), donde sostiene que éste debe buscar la magnanimidad, la templanza, la honestidad. Machiavelli, en cambio, escribe: «Quanto sia laudabile in un principe mantenere la fede, e vivere con integrità e non con astuzia, ciascun lo intende: nondimanco si vede per esperienza, ne» nostri tempi quelli principi avere fatto gran cose che della fede hanno  tenuto poco conto e che hanno saputo con l’astuzia aggirare e’ cervelli delli uomini: e alla fine hanno superato quelli che si sono fondati in su la realtà» (“Cuanto sea loable en un príncipe mantener la fe, y vivir con integridad y no con astucia, cada uno lo entiende: no obstante se ve por experiencia, en nuestros tiempos a aquellos príncipes haber hecho grandes cosas que de la fe han tenido poca cuenta y que han sabido con la astucia embaucar los cerebros de los hombres: y al final han superado a aquéllos que se han fundado en la realidad”; Il Principe, cap. XVIII). 

    Con esta opinión, queda claro que el pensamiento político no forma parte de lo especulativo, ético y religioso. La lógica brutal del poder no es manejable con sentimientos o consideraciones abstractas. Más que el “deber ser” y la retórica, lo que interesa al secretario florentino es dilucidar los dispositivos propios de las dinámicas del poder. Al igual que Bernardino Telesio (Cosenza 1509 – 1588) estudia la naturaleza iuxta propria principia, la política debe ser estudiada de manera autónoma, sin condicionamiento de principios que son válidos para otros ámbitos. Esta posición corresponde a la realidad política a la que aludía, y  que se sentía sobre todo en Firenze, que era una presa apetecida  por los Medici, el Imperio y la Iglesia Católica Apostólica Romana. Era necesario un consistente realismo político (que conllevaba un fuerte pesimismo antropológico) y el nuevo concepto de virtud y fortuna. Volver a la figura del Príncipe es una exigencia imperiosa para regenerar y renovar la vida política, pero éste debe imitar el comportamiento de los grandes hombres contemporáneos y del pasado.

    Sólo que Machiavelli elabora también una teoría que aspira a tener un alcance universal, formulando leyes válidas en todos los tiempos y todos los lugares. Por ello, es considerado como el fundador de la moderna ciencia política, porque la distingue de otras disciplinas que se ocupan igualmente del actuar del hombre, como la ética. Es así como tiene el coraje de denunciar lo que ocurre realmente en la política, en vez de delinear Estados ideales: «E molti si sono immaginati republiche e principati che non si sono mai visti né conosciuti in vero essere» (“Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que no se han visto nunca ni conocido en ser verdadero”; Il Principe, cap. XV). En efecto, proclama: «Ma sendo l’intenzione mia stata scrivere cosa che sia utile a chi la intende, mi è parso più conveniente andare dreto alla verità effettuale della cosa che alla immaginazione di essa» (“Pero habiendo sido mi intención escribir cosa que sea útil a quien la entienda, me ha parecido más conveniente ir detrás de la verdad efectual de la cosa que de la imaginación de ésta”; Il Principe, cap. XV). No le interesa crear una bella construcción teórica, sino entregar un instrumento conceptual de aplicabilidad inmediata a la política real y de segura eficacia.

    Antes de pasar a señalar las características que debe tener el Príncipe, es necesario precisar cómo se comportan esos hombres que éste debe dirigir. Esto porque si la política debe tener leyes propias, es necesario descubrir cuáles son las leyes de la naturaleza humana. Y es aquí donde surge la visión antropológica pesimista de Machiavelli. El hombre no es ni bueno ni malo, pero tiene la propensión a ser malo. Éstas son las reflexiones de Machiavelli: «Perché degli uomini si può dire questo, generalmente, che sieno ingrati, volubili, simulatori e dissimulatori, fuggitori de’ pericoli, cupidi del guadagno; e mentre fai  loro bene e’ sono tutti tua, offeronti el sangue, la roba, la vita, e’ figliuoli, come di sopra dissi, quando el bisogno è discosto: ma quando ti si appressa, si rivoltono, e quello principe che si è tutto fondato in su le parole loro, trovandosi nudo di altre preparazioni, ruina» (“Porque de los hombres se puede decir esto, generalmente, que sean ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, rehuidores de los peligros, codiciosos de la ganancia; y mientras les haces el bien ellos son todos tuyos,te ofrecen la sangre, las pertenencias, la vida, y los hijos, como dije más arriba, cuando la necesidad está distante: pero cuando se te acerca, se dan vuelta, y ese príncipe que se ha fundado totalmente en sus palabras, encontrándose desnudo de otras preparaciones, se desploma”; Il Principe, cap. XVII).

    Como conjunto físico y psicológico, el hombre tiene algunos caracteres constitutivos de su esencia individual que aseguran su conservación. Por ello, el político no puede confiar en el aspecto positivo del hombre, sino que debe tomar razón de su aspecto negativo para actuar de consecuencia. Además, los hombres tienden a estar constantemente insatisfechos: «La cagione è perché la natura ha creato gli uomini in modo che possono desiderare ogni cosa e non possono conseguire ogni cosa: talché essendo sempre maggiore il desiderio che la potenza dello acquistare, ne risulta la magra contentezza di quello che si possiede e la poca soddisfazione d’esso» (“La razón es porque la naturaleza ha creado a los hombres de modo que pueden desear todas las cosas y no pueden conseguir todas las cosas: de manera que siendo siempre mayor el deseo que la potencia de adquirirlo, resulta el magro contento de aquello que se posee y la poca satisfacción de éste”; Discorsi sulla Prima Deca di Tito Livio, I, cap. 37). 

    Los hombres han sido siempre iguales a sí mismos y, en su comportamiento, no conocen otro bien que la utilidad privada. Por ello, verbigracia, aconseja: «Ma soprattutto astenersi da la roba di altri,  perché li uomini sdimenticano più presto la morte del padre che la perdita del patrimonio» (“Pero sobre todo abstenerse de las pertenencias de los otros, porque los hombre olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”; Il Principe, cap. XVII). No hay idealismo en la naturaleza humana: «a quale cosa fa testimonianza a quello che di sopra ho detto che gli uomini non operono mai nulla bene, se non per necessità; ma, dove la elezione abonda, e che vi si può usare licenza, si riempie subito ogni cosa di confusione e di disordine» (“a la cual cosa hace testimonio a aquello que he dicho más arriba que los hombres no obran nunca nada bien, sino por necesidad; pero, donde la elección abunda, y que allí se puede usar licencia, se colma de inmediato todo de confusión y de desorden”; Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, I 3).

    Machiavelli no basa esta concepción negativa de la naturaleza humana en una idea abstracta (como podría ser la de Thomas Hobbes), sino del estudio de hechos históricos. Es allí donde  encuentra las leyes generales que no son infalibles, pero que deben orientar al Príncipe en su accionar. Y – ¡muy importante! – no existe una fractura entre el mundo antiguo y el moderno: no hay experiencia que venga del pasado que no pueda ser desmentida por una nueva experiencia presente. La auctoritas y los exempla virtutis de la historia se pueden reverenciar, pero no homenajear. Son ejemplos que tienen validez retórica, pero no científica. El hombre está constituido por un manojo de potencialidades, que se actúan en la historia. No tiene una naturaleza fija e inmutable, que haya sido estigmatizada por un pecado original o por una estructura metafísica que lo condene al mal. Es un ser frágil que necesita “asegurarse” de las fuerzas hostiles que lo amenazan, especialmente cuando los tiempos tienen una dura configuración. Debería tener la capacidad de cambiar, pero sigue apegado a sus hábitos y sus comportamientos. 

    Machiavelli no construyó una teoría “de laboratorio”, sino que partió de la relación directa con la realidad histórica, gracias a su experiencia como canciller en un Estado autónomo como Firenze, cuna del Renacimiento. Su pensamiento es una estrecha fusión de teoría y praxis: la teoría nace de la praxis y tiende a resolverse en ella. Se da cuenta que es necesario un verdadero condottiere, que  sea capaz de practicar la política con autonomía, lejos de la religión  y de la moral. La política debe ser un criterio ordenador de los flujos sociales, sobre la base de un estudio objetivo de la “realidad  efectual” y de la “naturaleza” del hombre. El político no debe ser  guiado por etéreas doctrinas teóricas, sino por la aguda conciencia y el sentido de la historia, pasada y contemporánea. Así podría tener una buena “ocasión” para efectuar un cambio.

    Ya los grandes historiógrafos latinos habían descrito la realidad como regulada por las  relaciones de fuerza existentes entre hombres que luchan también con los vicios y el valor de su naturaleza. Pero, por primera vez en la historia, Machiavelli indica en la “realidad efectual” el modo en que deben operar las fuerzas históricas en  relación con la utilidad, con el bien del Estado. Para Machiavelli, el Estado se construye creando equilibrios más avanzados en la realidad existente. El Príncipe no es un símbolo, sino un guía histórico que opera sirviéndose de lo informe para hacerlo llegar a ser voluntad que triunfa, actividad que transforma. Para ello es necesario que la política sea una actividad autónoma.

    Un ejemplo. La paz se funda en la guerra como la amistad en la igualdad. En el ámbito internacional, la supervivencia de cualquier Estado (democrático, republicano o aristocrático) está ligada a la fuerza del ejercicio de su poder. Por lo tanto, debe detentar el monopolio legítimo de la violencia, para garantizar la seguridad interna y para prevenir una eventual guerra externa. Sería preferible vivir en un mundo pacífico y leal, pero las pasiones naturales no lo permiten y quien cumple un análisis equivocado de las fuerzas reales, de los comportamientos y de las leyes está destinado a desplomarse: «Perché gli è tanto discosto da come si vive a come si doverrebbe vivere, che colui che lascia quello che si fa, per quello che si doverrebbe fare, impara più presto la ruina che la perservazione sua: perché uno uomo che voglia fare in tutte le parte professione di buono, conviene che ruini in fra tanti che non sono buoni. Onde è necessario, volendosi uno principe mantenere, imparare a potere essere non buono e usarlo e non usarlo secondo la necessità». (“Porque está tan alejado de cómo se vive a cómo se debería vivir. Que aquél que deja aquello que se hace, por aquello que se debería hacer, aprende bien pronto a desplomarse que su su preservación: porque un  hombre que quiera dejar hacer en todas las partes profesión de bueno, conviene que se desplome entre tantos que no son buenos. Por lo que es necesario, queriéndose un príncipe mantener, aprender a poder ser no bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”; Il Principe, cap. XV). Las constantes de la historia se descubren, porque la naturaleza humana es inmutable. Como siempre el mundo ha sido igual, los deseos y las pasiones generan siempre comportamientos iguales en todo tiempo y lugar, sólo que las cosas humanas son inestables. Y la principal enfermedad política es la “consunción”, esto es el desgaste: al principio puede curarse fácilmente, pero es difícil de reconocer; después es difícil de curar.

    La naturaleza humana se expresa a través de una serie de antonomias. El hombre puede ser: impetuoso, rápido de decisión, violento / respetuoso, prudente y ganador de tiempo; bueno /no bueno. ¿Cuáles características debe tener el Príncipe? Machiavelli perfila la figura de un Príncipe que sepa desafiar la inercia de las cosas, enfrentar la variación de los tiempos y cambiar la realidad y organizarla. Éste puede tener el conocimiento para actuar, pero para poder operar son necesarias la “virtud” y la “fortuna”. En cuanto a la virtud, ésta no tiene nada que ver con la areté cristiana, sino con la acepción griega – anterior a Sócrates, Platón y Aristóteles – que no tiene que ver con la razón que opera en función del Bien, sino con la capacidad de comprender la situación histórica y de plegar los hechos a propio beneficio. O sea, se trata de una energía constructiva y de una acción resolutiva. Como está al margen de la moral cristiana de la época, este nuevo concepto considera válido todo recurso que permita sacar provecho de la fuerza y habilidad del gobernante, pudiendo recurrir incluso a la crueldad y al engaño para imponerse a sus enemigos.

    Siguiendo la ideología del realismo político, el soberano puede aplicar métodos extremadamente crueles y deshumanos, porque a grandes males debe haber grandes remedios y se debe evitar la vía del compromiso, que no sirve para nada y que – al contrario – resulta extremadamente dañina. Machiavelli trastueca, por lo tanto, muchos aspectos del concepto humanístico de virtud: «E così arà duplicata gloria, di avere dato principio a uno principato e ornatolo e corroboratolo di buone legge, di buone arme e di buoni esempli; come quello ha duplicata vergogna che, nato principe, per sua poca prudenza lo ha perduto» (“Y así tendrá duplicada gloria, de haber dado principio a un principado y ornádolo y corroborádolo de buenas leyes, de buenas armas y de buenos ejemplos; como aquél tiene duplicada vergüenza que, nacido príncipe, por su Propia prudencia lo ha perdido”; Il Principe, XXIV). La virtud es la capacidad individual, la suma de calidad de intelecto, de experiencia, de deducción lógica y de intervención política que el príncipe debe tener para superar los límites condicionantes de la situación histórica. Ésta queda en evidencia cuando utiliza la “ocasión”, esto es las condiciones particulares que en una situación permiten la intervención y donde el Príncipe descuella con su personalidad.

    Para ejercitar la virtud, el Príncipe deberá tener la instintiva animalidad del león (la fuerza) y del zorro (la astucia): «Sendo dunque necessitato uno principe sapere bene usare la bestia, debbe di quelle pigliare la golpe e il lione: perché el lione non si difende da’ lacci, la golpe non si difende da’ lupi; bisogna adunque essere golpe a conoscere e’ lacci, e lione a sbigottire e’ lupi: coloro che stanno semplicemente in sul lione, non se ne intendono. Non può pertanto uno signore prudente, né debbe, osservare la fede quando tale osservanzia gli torni contro e che sono spente le cagioni che la feciono promettere» (“Por consiguiente, estando necesitado un príncipe de saber usar bien la bestia, debe de aquéllas tomar el zorro y el león: porque el león no se defiende de los lazos, el zorro no se defiende de los lobos; necesita, pues, ser zorro para conocer los lazos, y león para amedrentar a los lobos: aquéllos que están simplemente en el león, no entienden de ello. No puede, por lo tanto, un señor prudente, ni debe observar la fe cuando tal observancia le vuelva en contra y que se han apagado las razones que la hicieron prometer; Il Principe, cap. XVIII). El soberano no debe ser justo, sino que debe conservar el poder. Machiavelli no se pone el problema de la soberanía legítima: el único título para la soberanía legítima es la posesión de hecho. El Estado es, antes que todo, imperio, autoridad, poder monopólico de mando y coerción. Pero, además, el Príncipe deberá controlar la “fortuna” a través de la “virtud”.

    Mientras que la fortuna es el conjunto de los eventos no previsibles ni determinables por la voluntad, la virtud tiene que ver con la actuación humana libre y consciente, con la intuición que prevé las posibilidades que obstaculizan la acción. El hombre no es enteramente árbitro de sus acciones ni está enteramente sometido a las circunstancias. La antropología de Machiavelli ve entrelazarse la libertad con la necesidad, la voluntad subjetiva con la determinación objetiva (que había sido la lección de Cicerón en el De fato). Hay que domesticar la necesidad y desafiar a la fortuna: por ello, la virtud consiste en la adopción de medios idóneos para conseguir el fin. También el premio de la acción poítica es mundano: la gloria, el honor, el éxito de un proyecto.

    La relación entre virtud y fortuna es fundamental. La virtud es el conjunto de competencias que sirven al príncipe para relacionarse con la fortuna, vale decir con los eventos externos. La virtud es, por lo tanto, un conjunto de energía e inteligencia. El príncipe debe ser inteligente, pero también eficaz y enérgico. La virtud del individuo y la fortuna se implican recíprocamente: las dotes del político son puramente potenciales si él no encuentra la ocasión adecuada para afirmarlas, y viceversa la ocasión es pura potencialidad si un político virtuoso no sabe aprovecharla. No obstante, Machiavelli entiende la ocasión de manera peculiar: ésta es aquella parte de la fortuna que se puede prever y calcular gracias a la virtud. Mientras  un ejemplo de fortuna puede ser que dos Estados sean aliados (es un dato de hecho, un evento), un ejemplo de ocasión es el hecho de que sea necesario aliarse con algún otro Estado o, de todos modos, organizarse para estar listos para un eventual ataque de ellos. En los capítulos VI y XXVI de Il Principe, Machiavelli escribe que era necesario que los judíos fuesen esclavos en Egipto, los atenienses dispersos en el Ática, los persas sometidos a los medas para que pudiera relumbrar la “virtud” de los grandes condotieros como Moisés, Teseo y Ciro.

    La virtud humana además se puede imponer a la fortuna a través de la capacidad de previsión, del cálculo sensato. En los momentos de calma, el político hábil debe prevenir los reveses y buscar los remedios, cómo se construyen los terraplenes para contener las crecidas de los ríos. Esta capacidad de prever los acontecimientos fortuitos o contingentes, utilizando la virtud como creatividad artística y heroica que supere los límites, está directamente relacionada con el conocimiento de la realidad. Por ejemplo, para organizar el Estado, el Príncipe no puede ser “bueno”, porque está rodeado de muchos que “no son buenos”: « E se li uomini fussino tutti buoni, questo precetto non sarebbe buono: ma perché e’ sono tristi e non la osserverebbono a te, tu etiam non l’hai a osservare a loro; né mai a uno principe mancorno cagioni legittime di colorire la inosservanzia. Di questo se ne potrebbe dare infiniti esempli moderni e mostrare quante pace, quante promisse sono state fatte irrite e vane per la infidelità de’ principi: e quello che ha saputo meglio usare la golpe, è meglio capitato. Ma è necessario questa natura saperla bene colorire ed essere gran simulatore e dissimulatore: e sono tanto semplici gli uomini, e tanto ubbidiscono alle necessità presenti, che colui che inganna troverrà sempre chi si lascerà ingannare» (“Y sí los fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno: pero porque son tristes y no la observan tú también no la has de observar a ellos; ni nunca a un príncipe faltarán razones legítimas para colorear la inobservancia. De esto se podría dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han sido hechas ineficaces y vanas por la infidelidad de los príncipes: y aquél que ha sabido usar mejor al zorro, ha caído mejor. Pero es necesario esta naturaleza saberla colorear y ser gran simulador y disimulador: y son tan simples los hombres, y tanto obedecen a las necesidades presentes, que aquél que engaña encontrará siempre a quien se dejará engañar”; Il Principe, cap. XVIII).

    Por su comportamiento, lo ideal sería que el Príncipe fuera temido y amado al mismo tiempo, pero ambas cosas son difícilmente conciliables y debe saber elegir funcionalmente para el eficaz gobierno del Estado: «Perché le amicizie che si acquistono col prezzo, e non con grandezza e nobilità di animo, si meritano, ma elle non si hanno, e alli tempi non si possono spendere; e li uomini hanno meno rispetto a offendere uno che si facci amare, che uno che si facci temere: perché lo amore è tenuto da uno vinculo di obligo, il quale, per essere gl’uomini tristi, da ogni occasione di propria utilità è rotto, ma il timore è tenuto da una paura di pena che non ti abbandona mai» (“Porque las amistades que se adquieren pagándolas, y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran, pero ellas no se tienen, y en los tiempos no se pueden utilizar; y los hombres tienen menos respeto en ofender a uno que se hace amar, que a uno que se hace temer: porque el amor es considerado como un vínculo de obligación, el cual, por ser los hombres tristes, es roto en toda ocasión de propia utilidad, pero el temor es considerado por un miedo de pena que no te abandona nunca”; Il Principe, cap. XVII).

    Para salvar al Estado, deberá seguir la realidad efectual e incurrir en infamias, si es necesario. Como lo hizo Cesare Borgia que, gracias a la crueldad, logró unir a la Romagna, reduciéndola a la paz y a la fe. Según Machiavelli – que toca el tema en los capítulos VII y XVII de Il Principe – de esa manera demostró más piedad que el pueblo florentino, que permitió la autodestrucción de Pistoia dejando combatir a los grupos enemigos. En caso de guerra, el sacrificio debe ser absoluto. Por eso, Machiavelli propugna la adopción de milicias ciudadanas en vez de recurrir a los mercenarios. En un Estado nacional, la fuerza militar debe estar en función de la organización política y de la defensa de las instituciones. Sobre todo en esa época, cuando la mantención o la pérdida del Estado dependía tanto de la fuerza militar como de la experiencia y de las alianzas políticas.

    Los tiempos han cambiado en el siglo XVI y es necesario ver la realidad efectual. El  denominado “bofetón de Anagni” (7 de septiembre de 1303, con el que Felipe el Hermoso desconoció la autoridad de Bonifacio VIII) estableció el quiebre de la idea del  Imperio universal y de la Iglesia universal. De esa manera, se afirmó el poder laico y se dio paso a los nuevos Estados nacionales. De allí la importancia del pensamiento de Machiavelli, que deja de lado los valores absolutos para dar paso a una ciencia autónoma, o sea que tiene sus propias reglas. Y es, precisamente, la eficacia de esas reglas lo que hará posible el arte de gobernar. Se trata de orientar las simpatías hacia la virtud y la prudencia en la vida civil y política, así como lo habían hecho los antiguos romanos.

    Según esta perspectiva, la llegada del Cristianismo ha desarrollado una función negativa en la historia, porque ha hecho a los hombres menos viriles, induciéndolos a la mansedumbre, a la resignación, a la desvalorización del mundo y de la vida terrena. Además, Machiavelli ve en el poder temporal del Papado la causa de la falta de unidad nacional italiana, que se ha visto debilitada en manos de los mercenarios y de los aventureros. Ante la teocracia medieval surge la autonomía del Estado.

    La religión – justamente por ser un “instrumentum regni” – sí cumple con una función importante: mantener unida a la población en el nombre de una fe única. La religión de Estado debe ser usada para fines eminentemente políticos y especulativos; es un instrumento del que dispone el príncipe para obtener el consenso común del pueblo. En la antigua Roma, que reunía a todas las divinidades en un único panteón, fue fuente de solidez y unidad para la República y  más tarde para el Imperio.

    Por su parte, el Príncipe tiene que tener también las cualidades militares del condotiero e – incluso – en el último capítulo del tratado asume el cariz del “redentor” de una Italia « più stiava che li ebrei,più serva che ‘ persi, più dispersa che gli ateniesi: sanza capo, sanza ordine, battuta, spogliata, lacera» (“más esclava que los judíos, más sierva que los persas, más dispersa que los atenienses: sin jefe, sin orden, abatida, despojada, lacerada”; Il Principe, cap. XXVI). En el Medioevo no existía el concepto de “patria”, sino el de fidelidady sujeción por parte del súbdito. Para Machiavelli, la “patria” es la comuna libre, pero ese concepto le aparece muy luego como una cosa demasiado pequeña y por eso él mismo propone la constitución de una confederación italiana que sea un baluarte contra los extranjeros: su concepto de patria, por lo tanto, se amplía. La negación del Medioevo iliberal es justamente la delineación de los ideales de patriotismo, gloria, libertad de la patria.

    Para algunos pensadores, no habría sido sólo el fundador de la ciencia política, sino también el primer teórico del Estado burgués: autónomo en sus estructuras, funcional y finalizado a garantizar el desarrollo de las fuerzas y de las actividades económicas. La “virtud” es laboriosidad y capacidad de ganancia. El “Estado fuerte” se funda en la fe en el progreso espiritual, moral y cultural.

    Machiavelli pone las bases del liberalismo moderno, entendido como la doctrina que se asume la tarea de defender la libertad. Machiavelli ya teoriza el “contractualismo”, que considera al Estado como el fruto de una convención entre los individiduos afirmando además la coincidencia del interés privado con el público. También el individualismo es la base misma del liberalismo y el valor absoluto de la persona humana. En cuanto a la libertad, no se trata de la libertad del individualismo moderno, sino de una situación que tiene que ver con los equilibrios de fuerzas en el Estado, que deben determinar el predominio de uno solo. La libertad se obtiene cuando los diversos grupos o estratos que componen el Estado están involucrados en la gestión de la decisión política. No es la libertad del individuo con respecto al poder del Estado, sino que está más cercana a la idea de libertad antigua que se tiene cuando se interviene en las  decisiones políticas. La libertad de Machiavelli admite el conflicto: el conflicto no es en sí una causa de debilidad, sino que da dinamicidad al conjunto político, lo mantiene vital; esta vitalidad produce progreso en cuanto deja abiertos espacios de libertad que consisten en la prerrogativa de cada uno de intervenir en las decisiones políticas profundizándola con las otras partes. En esto, su pensamiento es diverso de la idea clásica de orden político como “solución de los conflictos”. Los antiguos veían, en efecto, en el conflicto un elemento de inestabilidad de la comunidad política.

    El hombre moderno se emancipa de lo sobrenatural y proclama su autonomía, tomando posesión del mundo. El liberalismo de Machiavelli es antipapal, antiimperial y antifeudal. Desde el punto de vista organizativo, la república es superior a la monarquía en cuanto no permite que prevalezca la voluntad de uno solo. El bien común puede prometerlo solo una ciudadanía libre. Como típico hombre del Renacimiento, rechaza el dogmatismo escolástico-religioso medioeval como una manera de liberarse de los prejuicios y enfrentar la naturaleza humana con una actitud científica. Está claro que esta posición de Machiavelli no era aceptada por la Iglesia de la Contrarreforma, pero tampoco lo fue por el Fascismo, a pesar de su sed de hegemonía, justamente, por su “corte” liberal. Porque es bueno recordar que la hegemonía (como dirección y consenso) no coincide con la política “ordinaria”, sino que constituye una cualidad adjunta a ella. Se requiere del dominio (fuerza y coerción), que el Fascismo consideraba como un acto mismo con el consenso. El Príncipe maquiaveliano ejercita el dominio, pero debe gobernar con el consenso. Para llegar al poder, debe desplegar una  acción hegemónica, pero que debe estar siempre apoyada por una conciencia de la realidad objetiva y de una subjetiva capacidad de actuar. O sea, lo que Machiavelli define como “virtud” que, en el caso de este tipo de soberano, debe ser extraordinaria.

    En el curso de una acción hegemónica, el príncipe debe pensar en su propia “gloria”. Según explica Machiavelli en el Cap. IX de su tratado, el principado civil se obtiene por el apoyo del “pueblo” (la burguesía) o de los “grandes” (la nobleza”). El apoyo al pueblo no es “caritativo”, sino que responde a una profunda lógica política. En efecto, éste desea no ser mandado ni oprimido por los grandes y – a su vez – los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos “humores” nace uno de estos tres efectos: o principado o libertad o licencia. Cada fuerza escoge al príncipe por razones distintas: los grandes hacen príncipe a uno de ellos cuando no pueden resistir al pueblo; el pueblo hace príncipe a uno de ellos para estar defendidos por su autoridad.

    Los efectos son los siguientes: aquél que viene al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad, porque tiene entorno a muchos de sus iguales, a los que no puede mandar ni manejar a su modo; aquél que viene por el pueblo, encuentra a poquìsimos que no estén preparados para obedecer. Además, para satisfacer a los nobles es necesario cumplir injusticias y ofensas, porque ellos piden riquezas y privilegios; el pueblo es más honesto porque sólo pide no ser oprimido. Pero no es que Machiavelli lo mire con más simpatía por un juicio moral, sino porque políticamente es más dúctil y sirve como “instrumentum regni”. Por otro lado, el príncipe no puede nunca asegurarse del pueblo como enemigo, porque sus miembros son demasiados; en cambio, sí de los grandes porque son pocos. Lo peor que puede esperar del pueblo es el ser abandonado por él, pero de los grandes no debe temer solo eso, sino que se venguen de él. En efecto, dado que tienen mayor visión y astucia, en las crisis logran salvarse a tiempo, quedar incólumes y ponerse al servicio del vencedor. Aun así, el príncipe necesita vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede no estar con los mismos grandes, haciéndose y deshaciéndose de ellos todos los días.

    El consenso hegemónico se obtiene asegurando las necesidades de la vida. Siguiendo el ideal de la república romana, toda la “plebe” està llamada a ser príncipe, en el sentido de producir un “vivir civil”. Porque la política no puede ser separada del “valor” que significa actuar de manera libre y consciente, esto es de la virtud civil. A fin de cuentas, no existe una “ciencia política” general capaz de dar certidumbres. Nada está garantizado, nada es cierto, con respecto a la construcción y al logro definitivo de una buena política. Casi al término del Cap. XXV de Il principe, Machiavelli tiene una duda radical: tal vez no es verdad que un Príncipe, aunque fuese extraordinariamente virtuoso, logre cumplir la empresa que ha preparado para él. El desconcierto nace en el punto más delicado: la fortuna está en perenne “variación”, y éste es el dato de la realidad, pero será el hombre el que esté en grado de cambiar a sí mismo, quedando en sintonía con las cosas, aunque éstas cambien rápidamente. Los hombres, como tienen “rostro diverso”, posee también un diverso “ingenio y fantasía”, y, como ejemplo, Machiavelli reconduce esta disparidad a dos diversos tipos: el “impetuoso” decisionista y el prudente “respetuoso”.

    Y prefiere al primero, porque es la voluntad la que actúa, es la virtud que sabe imprimir su signo en las cosas. El peso de la fortuna con respecto a la virtud sólo puede ser enfrentado e iluminado en el ámbito de la praxis, sólo se puede experimentar y medir en el trabajo de la acción, dejando en la “materia” de las cosas la propia “forma” subjetiva. Pero los seres humanos están acostumbrados a conducirse de una cierta manera y son renuentes en abandonar su modo de ser. Así ocurre que mientras los tiempos varían impetuosamente, el hombre no está en condiciones de cambiar a sí mismo. Y ni siquiera un hombre virtuoso como el Príncipe nuevo puede, saliendo de su naturaleza, seguir las vicisitudes de todos los tiempos. Porque la fortuna es árbitra de la mitad de nuestras acciones y la otra mitad corresponde al gobierno humano. Sin indicar la fuente, los cronistas han difundido la tradición que –cuando Machiavelli fue a entregar el manuscrito de Il Principe a Lorenzo, duque de Urbino, nieto de Lorenzo el Magnífico – éste se mostró más interesado en una pareja de perros de caza que le habían regalado. Verdadero o falso, el episodio quiere dejar en claro que el tiempo de los grandes políticos florentinos ya había llegado a su ocaso. Y la fortuna no estuvo de parte del creador de la ciencia política.

  • La cultura Romana

    La cultura Romana

    Matemáticas: reprobado. Física: reprobado. Astronomía: reprobado. Las notas de un romano medio en materias científicas, hubieran sido un desastre. Inteligente pero no aplicado.

    A los romanos las ciencias no les interesaban, o mejor, se interesaban y ocupaban de ellas sólo si tenían un efecto práctico inmediato. Era gente concreta, que imponía un dominio militar y político, no científico. Distinto de lo que había acontecido en el mundo griego, en donde las ciencias habían florecido y habían producido a grandes “cerebros” del calibre de Euclides y Arquímedes, asesinado por las legiones que saquearon Siracusa en el 212 a.C. Tanto que, muy a menudo, en las casas de la Urbe, los esclavos griegos eran bastante más cultos que sus patrones, e incluso sus tutores.

    Por lo tanto, los conocimientos de los romanos en materias científicas derivaron de obras griegas y así también sus textos, parecidos a enciclopedias en donde se trata de recopilar todo el saber humano. Es el caso, por ejemplo de Plinio el Viejo, un ex oficial de caballería que produjo una monumental “Naturalis Historia” en 37 libros, que van desde la geografía hasta la medicina, de la metalurgia a la botánica. Lo escribió entre el 77 y el 78 d.C., justo antes de morir asfixiado por los humos del Vesubio, que, como buen científico, había querido ver demasiado cerca.

    Cayo Plinio segundo el viejo

    La ambición de Plinio era destacable pero el resultado científico escaso. En la “Naturalis Historia”, las informaciones fundadas desde un punto de vista científico se mezclan con interpretaciones erradas o fantasiosas. Un ejemplo: hablando de las celdas de los panales de las abejas, Plinio sostenía que eran hexagonales porque cada una de las seis patas de la abeja construía un lado. En realidad, son así porque de tal forma permite la optimización del espacio para almacenar la miel.

    GEÓGRAFOS POR OBLIGACIÓN:

    Un poco mejor les iba en geografía, aunque siempre los conocimientos eran de segunda mano. De Grecia, los romanos habían heredado una concepción esférica de la tierra: un globo, que fue representado en muchas monedas a partir del 76-75 a.C., situado al centro de una esfera celeste con dos polos, los trópicos y el ecuador. Los mapas geográficos estaban bastante bien hechos, porque tenían que responder a las exigencias de los militares y de los mercantes. La confección de mapas, tuvo un gran impulso en los tiempos de Augusto, cuando se hizo uno con todo el mundo conocido, llamado el “mapa de Agrippa”, para cuya realización se tomaron veinte años.

    El interés en las medidas del espacio se manifestaba también en la precisa división de las tierras, sea en la ciudad como en los campos: la “centuración” (centurazione), una subdivisión del territorio en forma de “ajedrez” la cual facilitaba el censo de la población y las atribuciones precisas de la propiedad. La centuración estaba administrada por especialistas, los mensores, los cuales tenían discretas competencias de geometría e instrumentos de medida adecuados, como la groma.

    ¿QUÉ HORA ES?:

    Entre sus contemporáneos, destacaba el talento de Julio César. Hombre de cultura además de gran estadista, entre una batalla con los galos y una cita con Cleopatra había estudiado astronomía, dándose cuenta que el calendario que estaba entonces en uso “se atrasaba”. Nadie en Roma era capaz de solucionarlo, así que Cesar llamó a un astrónomo alejandrino, Sosígenes, el cual inventó el año bisiesto. El calendario juliano permanecerá en vigor, sustancialmente invariado, por 16 siglos.

    Distintamente de los griegos, los romanos hacían comenzar el día civil en el transcurso de la noche y no al atardecer. En su origen, se refería a los distintos momentos de la jornada con expresiones como gallicinium (el instante en el cual canta el gallo), diluculum (el surgir del día), ad meridiem (alrededor del mediodía), prima fax noctis (el momento en el cual se enciende la primera antorcha), y así sucesivamente.

    En el 273 a.C., el día fue oficialmente dividido en horas, cuya duración eso sí era variable. De hecho el día y la noche estaban divididos en doce partes iguales. Por lo tanto en el invierno, cuando las jornadas son más breves, las horas eran de alrededor 45 minutos, en cambio en el verano eran de 75. La hora prima comenzaba a las 4:27 en el solsticio de verano y a las 7:33 en aquel del invierno.

    Para medir el tiempo se usaban las clepsidras de agua (la primera es del 11 a.C.) o las meridianas, las cuales se basaban en las sombras proyectadas por el sol. Las horas principales eran anunciadas en las plazas con fuertes gritos: los ciudadanos romanos no conocían la hora exacta por las campanas, sino que por los gritos. Tanto era así, que Juvenal decía que le daban pena los sordos, porque nunca sabían que hora era.

    GRANDES ARQUITECTOS:

    Las disciplinas técnicas en la cual los romanos destacaban en serio, eran la arquitectura y la ingeniería civil. Los atestiguan los puentes,los acueductos, los anfiteatros, los templos y  otras construcciones que han llegado hasta nuestros días y también algunos textos fundamentales, como el “De Architectura” de Vitruvio Pollione, escrito entre el 25 y el 23 a.C. En los 10 libros que lo componen, Vitruvio habla también de hidráulica y de gnomónica, el arte de construir las meridianas, y, por primera vez se encuentran descritos los tres órdenes arquitectónicos clásicos: dórico, jónico y corintio.

  • Friedrich  Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Friedrich Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Se recuerdan los debates de Hayek con John Maynard Keynes sobre política monetaria, la teoría de los ciclos de negocios, y su crítica de la planificación central. La mayor contribución de Hayek, sin embargo, es un corto ensayo publicado en 1945: “El Uso del Conocimiento en la Sociedad”. En este ensayo se argumenta a favor de la libertad económica y la economía de mercado, argumentos que continuaría expandiendo y refinando por el resto de su vida.

    Para Hayek las limitaciones del conocimiento humano nos obligan a depender del mercado, ya que el conocimiento sobre las preferencias del consumidor y de los procesos productivos está esparcido por toda la sociedad y es imposible juntarlo sistemáticamente para propósitos de planificación central. Hay demasiada gente con sus correspondientes deseos y necesidades como para manejarlos y procesarlos a través de una autoridad central. Pero ésto se puede resolver con súper computadoras que almacenen y traten la información para efectos de planificación central.

    El problema mayor es que mucho del conocimiento o información económica relevante es tácito y no está expresado. Un granjero puede saber como manejar su granja para obtener mayor productividad, pero no puede explicar sus habilidades de manera que puedan ser entendidas por observadores objetivos para transformarlas en datos útiles para la planificación central. Saber “como” hacer algo, no es equivalente a explicar el “que” se hace. Por eso, los comentaristas deportivos no son eximios atletas o los críticos de teatro, grandes actores.

    La información para efectuar transacciones económicas es insuficiente. Los consumidores no conocen a fondo sus propios deseos ni sus necesidades, ni tampoco los productores sus posibilidades técnicas, sino hasta que se enfrentan a las opciones del mundo real. Hayek sentencia de manera simple para este fenómeno: “lo desconocido no se puede planificar”. Es difícil imaginar desear tener un teléfono móvil, un iPod o un notebook, antes de haberlos visto a la venta por primera vez en alguna vitrina. Por eso sólo la economía de mercado descentralizada puede producir las maravillas tecnológicas que nos rodean hoy, pero no un sistema de planificación central. El mercado es un proceso de descubrimiento y no sólo un sistema de asignación de recursos.

    El terrible desempeño de los sistemas económicos de planificación central al estilo soviético validan las observaciones de Hayek. Las economías enclaustradas de Europa del Este tuvieron logros específicos: conquista militar, exploración del espacio, competencias olímpicas; pero nunca fueron capaces de proveer viviendas decentes, buen transporte o bienes de consumo para su gente. A sus sistemas de planificación siempre les faltó la información necesaria para manejar los multi variados procesos de interpretar necesidades y de producción eficiente de las sociedades avanzadas, así como la capacidad de innovar. ¿Qué invento fuera del fusil AK-47, el resto del mundo estaba dispuesto a comprar?

    Los economistas están de acuerdo que Hayek fue un distinguido economista, pero no leen ni se refieren mucho a su trabajo que no era de índole matemática. De hecho Hayek era muy crítico de los modelos matemáticos que dominan la economía contemporánea. Hayek era un economista en la gran tradición de Adam Smith y de John Stuart Mill . Hayek se distinguió más como filósofo que como economista. En sus últimos trabajos, desarrolló su entendimiento de los procesos de mercado en una teoría más amplia de la sociedad humana. Milton Friedmann pensaba que Hayek “fue el más importante pensador social del siglo XX”.

    Hayek, hacía distinción entre orden elaborado u organización por una parte; y orden emergente o espontáneo, por otra. Las organizaciones, como los departamentos administrativos de gobierno son sistemas estructurados de “arriba a abajo”, con una pirámide de autoridad con el ministro en el tope. Las órdenes de arriba son transmitidas a través de la cadena de mando hacia abajo, de manera que el ministro sea responsable por lo que realiza el departamento en todos su niveles. Las organizaciones formales como departamentos de gobierno, corporaciones, iglesias, hospitales, universidades, etc.; son indispensables para lograr objetivos bien definidos, pero están limitadas por los tacos de información en la cima, con los resultantes cuellos de botella.

    Si la organización es una pirámide de autoridad, el orden espontáneo es una red de interrelaciones. La interacción de los ejecutivos, siguiendo reglas locales producen un orden global. En el caso paradigmático del mercado económico, los individuos persiguiendo obtener ganancias y evitar pérdidas, negocian entre ellos, de donde surgen los precios flotantes para equilibrar oferta y demanda. Nadie tiene ésta a cargo, nadie tiene que decidir cuánto se debe producir o cual será el precio del mercado. Así el mercado evita la pérdida de información que afecta el orden organizacional. Las necesidades y habilidades de cada comprador y vendedor son parte de una red compleja de información. Cuando un huracán interrumpe laextracción de petróleo en el Golfo de México, los precios suben en todo Norte América. Se les avisa a los consumidores de economizar, mientras que los productores en otras zonas sacan inventarios o bombean más petróleo de los pozos. El tráfico automotriz continúa fluido e ininterrumpido sin órdenes del gobierno desde la altura. El conocimiento humano es un orden espontáneo, que no está bajo la autoridad o control de nadie. El lenguaje no fue creado por nadie en particular; es un ejemplo clásico de lo que el filósofo escocés Adam Ferguson llamara “el resultado de la acción humana pero no del diseño humano”. El lenguaje hablado consiste en emitir sonidos de acuerdo a ciertas reglas que entendemos en el sentido tácito de ser capaces de seguir, pero no de explicar lo que son. Los lingüistas pueden descubrir estas reglas a través de su investigación, pero no se necesita ser lingüista para comunicarse a través del lenguaje. Una vez que el lenguaje tiene existencia podemos valernos de las técnicas de organización para mejorar la comunicación. Los lexicógrafos pueden desarrollar listas de palabras, establecer definiciones, y publicar los resultados en diccionarios. Los gramáticos pueden a su vez establecer la reglas del lenguaje y publicarlos en textos de gramática. Pero todos esos esfuerzos son sólo momentos en el tiempo, reflejando el uso del leguaje pero no determinándolo. Con el paso del tiempo, el uso cambia inexorablemente, así que los diccionarios y la gramática deben ser revisados constantemente para seguir siendo útiles. La evolución lingüística se produce en forma espontánea, pero con un alto grado de orden y coherencia.

    Otro ejemplo de orden espontáneo es el “Common Law” (derecho consuetudinario) de los pueblos anglo sajones. El Common Law es el compendio de reglas de conducta que surgen de las decisiones de las Cortes desde la Edad Media. Estas reglas nunca fueron escritas como principios generales en formato legislativo; más bien son reglas inferidas de las decisiones de los jueces en casos particulares. La coherencia de este sistema se deriva del principio de stare decisis (queda decidido), bajo el cual los jueces deben seguir los precedentes legales de decisiones anteriores, apartándose de las mismas sólo si las circunstancias de un nuevo caso, hacen imposible seguir el modelo ya delineado por casos anteriores. Los jueces deciden en forma local casos particulares, aplicando el concepto de justicia como ellos lo interpretan; mientras que las reglas generales de precepto emergen en forma global, a medida que los jueces siguen las decisiones anteriores como precedentes.

    Un tercer y más contemporáneo ejemplo de orden espontáneo es Wikipedia, hoy por hoy la enciclopedia más usada a nivel mundial.. Uno de los fundadores de Wikipedia, Jimmy Wales, ha expresado como fue influenciado por Hayek a través de la lectura de uno de sus ensayos: “El uso del Conocimiento en la Sociedad”. “Uno no puede entender mis ideas acerca de Wikipedia sin entender el mensaje de Hayek”, escribió hace un tiempo, Wales. Wikipedia funciona permitiéndole a quien sea, “postear” artículos sobre el tema de su preferencia, con algunas limitaciones y salvedades con respecto a responsabilidad legal de autor en términos de difamación. Una vez “posteados” los artículos pueden ser revisados y enmendados por cualquier lector. Los empleados de Wikipedia intervienen sólo cuando se producen guerras inflamatorias entre autores con agendas de propaganda política. Todo el proyecto de Wikipedia está apoyado por aportes voluntarios. Wikipedia es una organización en el sentido de que Wales y sus colaboradores tuvieron que crear una entidad legal, diseñar el software y reservar un URL en la Red; pero por otra parte constituye un orden espontáneo en cuanto su funcionamiento cotidiano, tiene que ver con “posteos” y revisiones de un sinnúmero de autores. Fiel a la formula de Hayek, este sitio ayuda a juntar los pedacitos de conocimiento distribuido por el globo en las mentes de millones de seres humanos y en sólo pocos años ha llegado muy cerca de hacer realidad la filosofía programática de Wales de “imaginar un mundo en el cual cada persona en el planeta tenga acceso libre a la suma total del conocimiento humano”

    Para Hayek, la sociedad es una red de órdenes emergentes, la interrelación de los órdenes que ocurren espontáneamente como el lenguaje, la ley de costumbres, tradiciones morales, y el mercado; o en algunos ejemplos específicos como Wikipedia, deliberadamente creada por el ingenio humano. Organizaciones como los ejércitos, las burocracias y las corporaciones también tienen un lugar en este cuadro, pero la sociedad como tal, es un orden espontáneo no una organización. El totalitarismo es un intento de transformar la sociedad en una organización total, manejada por el estado. Mussolini lo expresó mejor que nadie y en forma memorable: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”

    Hayek le da un nombre especial al error intelectual que subyace el impulso totalitario: “constructivismo”. El constructivismo es la falacia intelectual de pensar que el orden social no puede emerger espontáneamente sino que debe ser diseñado a través de la articulación de la razón humana. Los ejemplos abundan: en el socialismo se supone que el estado debe planificar la economía; en el positivismo legal, se supone que el soberano es la única fuente legítima de la ley; y en el cientificismo de Compte, se propone someter la sociedad al control de la autoridad de la tecnocracia. Cuando se le permite al constructivismo hacerse realidad con el impulso y entusiasmo de algunos, el sueño se convierte rápidamente en pesadillas totalitarias.

    La crítica de Hayek de la razón articulada implica la aprobación tácita de la razón implícita. Es el caso con las reglas de conducta que se siguen sin poder explicarlas o siquiera expresarlas; el comportamiento moral siendo un buen ejemplo de esto. Los niños pequeños tienen un sentido innato del yo, expresado en conceptos como “mío y tuyo”, lo cual lleva directamente a discusiones sobre lo que es justo y lo que es justicia. A medida que crecemos aprendemos a tratar a los otros con ecuanimidad en todo tipo de situaciones: compartiendo el alimento con familiares; respetando la fila en la parada de bus; dándole una nota justa a un buen alumno u otorgándole aumentos a los empleados productivos. Es posible y normal, incorporar la virtud de ser justo sin detenerse a ponderar las teorías de la justicia ontológicas o utilitaristas. Lo que importa es actuar correctamente y no teorizar sobre como hacerlo en forma consciente.

    El conocimiento tácito es uno de los grandes temas unificadores de la filosofía de Hayek. Se aplica no sólo a la moral y al lenguaje, que a pesar de ser la base de todo avance humano, lo usamos sin conciencia inmediata de las reglas que lo gobiernan y que le dan coherencia. En suma, la filosofía de Hayek es una filosofía de la humildad, que apunta a lo tácito, lo implícito, lo inconsciente, y desconfía de las supuestas muchas virtudes de la razón articulada y consciente. La importancia del conocimiento tácito es el argumento fundamental en beneficio de la libertad humana: “Lo desconocido no se puede planificar”. Aún el más brillante y erudito de los intelectuales no puede asimilar el conocimiento tácito de los demás. Pero los resultados sociales serían óptimos si a cada persona se le permitiera utilizar el conocimiento que solo él o ella posee con respecto a sus aspiraciones, sus gustos y sus habilidades. Suplantando la decisión individual con planificación puede aparecer superficialmente racional, pero es en verdad irracional porque entorpece el proceso a través del cual la información realmente útil puede utilizarse para el servicio de otros. En el fondo, la defensa de la libertad de Hayek se basa no en una concepción de derechos humanos sino más bien en argumentos sobre utilidad en un mundo de información incompleta e imperfecta.

    Hayek también aborda temas como la libertad individual, el poder de los mercados, los límites del Estado y la sujeción del poder gubernamental a la ley. Hayek se veía a sí mismo como un liberal del siglo XX , no como un conservador. De hecho escribió en su momento un ensayo titulado “Por Que No Soy Conservador”. Pero sus opositores lo tildaron de conservador por la importancia que Hayek le daba a la libertad humana, los derechos de propiedad y a los mercados. Su versión del liberalismo tiene similitudes al conservadurismo dado el énfasis en las limitaciones de la razón humana y la importancia en conservar la sabiduría del pasado incorporada en las costumbres y tradiciones. Muchos liberales clásicos como Jeremy Bentham y John Stuart Mill, eran altamente racionalistas, glorificando la habilidad de la razón humana para entender procesos sociales y mejorarlos a través del diseño consciente de alternativas superiores. Pero Hayek, consciente de la debilidad de la razón, entendía tradición más a la manera de Edmund Burke quien la entendía como un depósito de sabiduría heredada, fruto de la experiencia práctica. Hayek pudo haber sido el autor de las famosas palabras de Burke: “ tememos poner a los hombres a negociar y a vivir sobre la base de su capital individual de razón, porque creemos que ese capital es pequeño y que sería preferible que dependieran del banco y capital de naciones enteras y del pasado ancestral”. La gran amenaza para la sociedad es el intelectual racionalista que pretende arrasar con todo para recomenzar con principios claros y simples en vez de respetar la sabiduría tácita de los ancestros. Tal racionalismo es un “engreimiento fatal”, la presunción de que el hombre pueda diseñar la sociedad en la que va a vivir.

    Típico de los liberales europeos, Hayek no fue un pensador religioso y siempre se consideró agnóstico, pero sí se convenció del valor y aporte positivo de la religión como una manifestación de la tradición. Después de su muerte en 1992, fue sepultado en una ceremonia católica en Viena. El sacerdote que presidiera el entierro dijo de Hayek lo siguiente: “él era alguien siempre en busca de una respuesta al problema de la religión y vivía una batalla interna constante con el concepto de lo que llamamos Dios. Siempre se resistió a un Dios antropomórfico. No quería un Dios que fuera sólo un poco más que un hombre”

    En la piedra sepulcral, traída de los Alpes Tiroleses, donde Hayek amaba pasear y escalar, hay una simple cruz. Quizás esta simple cruz sea un reflejo de lo que el escribiera en su momento: “Me pregunto que si lo que mucha gente quiere decir cuando hablan de Dios no es solo la personificación de la tradición moral y valores que mantienen a sus comunidades vivas”. La importancia de Hayek es ofrecer una base intelectual para las diferentes corrientes del conservadurismo moderno. Para aquellos que desean ver una economía de mercado, ofrece una explicación sofisticada de los derechos de propiedad y el libre intercambio.

    Para los conservadores religiosos, perturbados por la declinación de la religión y la moralidad tradicional, explica la importancia de confiar en la sabiduría heredada. Para los populistas, furiosos por los esquemas reformistas de las elites culturales y sociales, apunta a la importancia del sentido común y a la fragilidad del racionalismo de los intelectuales. Y para aquellos preocupados por las amenazas externas como el comunismo, o más recientemente, el Islamismo radical, ofrece una crítica coherente de todas las formas de teocracia y de totalitarismo.

    Hayek siempre se mantuvo alejado de la política contingente, a sabiendas que era incompatible con su rol de erudito y de filósofo. En 1947 fundó la Sociedad Mont Pelerin, que aún se dedica a difundir la visión liberal de la sociedad libre. Triunfó a través del poder de su pensamiento iluminado. En los 80, sus obra influenció los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su pensamiento renació en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín; sirviendo de inspiración y guía a muchos reformadores de mercado y políticos conservadores. Aún cuando siempre negó ser un conservador, sigue siendo la mejor guía práctica de lo que significa ser conservador en el mundo moderno.

  • El Otoño de la Edad Media

    El Otoño de la Edad Media

    Una lectura indispensable para un primer acercamiento de lo que son los últimos dos siglos de la Edad Media es el libro del holandés Johan Huizinga, El Otoño de la Edad Media.

    Es un período también conocido como la Baja Edad Media, que Huizinga supo retratar con maestría, con sus descripciones dotadas de gran colorido, exaltando la importancia de los sentimientos, los símbolos y las imágenes, en este período marcado por su violento inicio, de la mano de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Huizinga supo rescatar, en medio de lo que tradicionalmente se conocía como “Crisis Bajomedieval”, la riqueza cultural de una época de transición entre el mundo medieval y el mundo moderno.

    Publicada en 1927, el autor retrata la mentalidad de Francia y los Países Bajos durante los siglos XIV y XV, resaltando sus manifestaciones artísticas y literarias, pero también describiendo aspectos de la vida cotidiana, como la actitud ante la muerte el amor, la pomposidad de las ceremonias, la exaltación de los sentimientos y la importancia de las apariencias en contraste con la decadencia de los simbolismos. En su prólogo, el autor explica que este extenso trabajo, en principio, buscaba comprender el contexto histórico e   ideológico en el que Van Eyck desarrolla su obra artística. El resultado fue una obra ya considerada un clásico de la historiografía medieval.

    La historiografía tradicional describe la Edad Media como aquel extenso período que comprende la historia europea entre los siglos V y XV. Y la llamada “Baja Edad Media” comprende los dos últimos siglos. Una época que tradicionalmente se ha identificado con la crisis que azotó Europa a mediados del siglo XIV, ignorándose su legado cultural y la importancia de éste para el desarrollo de Occidente. A fines del siglo XIII se vive una época de esplendor, cuando los reinos occidentales viven tiempos de bonanza económica, crecen las ciudades y los reyes, gracias al desprestigio que vive el sistema feudal por el aumento de la población urbana, libre de los vínculos vasalláticos, va aumentando su poder, configurándose lo que serán las monarquías absolutas del Mundo Moderno.

    En el plano cultural, es el siglo de apogeo de la Escolástica y la Summa Teológica de Santo Tomás. La labor de las órdenes mendicantes ha sido muy fecunda, logrando un mayor acercamiento del laico hacia la vida espiritual, a través de la promoción del culto a los santos, la devoción a la Virgen María, el rezo del Rosario, entre otras muestras de devoción popular. Sin embargo, ya en las primeras décadas del siglo XIV esta bonanza se vio perturbada por una grave crisis económica: varias temporadas seguidas de malas cosechas provocan graves hambrunas, un aumento de la pobreza y gran descontento hacia 1315.

    La mitad del siglo trae nuevas convulsiones, que nos hacen notar la crisis que vive el siglo XIV. El primer jinete del Apocalipsis, el Hambre, cabalga desde 1315.  Hacia 1330, estalla la Guerra de los Cien Años, que se relaciona con otros conflictos y guerras civiles, involucrando prácticamente a toda Europa Occidental. Es la Guerra, el segundo Jinete. Y en 1348, llega la Peste, tercer Jinete, la mortífera  peste bubónica, que diezmó a la población europea. El Cuarto Jinete, la Muerte, llega acompañando al primero de ellos, pero su cabalgada se hará cada vez más temible. Sobre todo con la Peste. A fines del siglo XIV estalla el Cisma de Occidente, que contribuye a una mayor confusión y desamparo de la población europea. Pero no todo es negativo, y por eso es necesario resaltar tanto las luces como las sombras de este período. Toda crisis supone cambio, introspección y crecimiento. Y la crisis del siglo XIV será fecunda para la literatura y el arte.

    El siglo XV comienza resolviendo todos los problemas aparecidos en el XIV: lentamente, la población va recuperándose, la crisis económica va desapareciendo, la Iglesia vuelve a unirse y los reinos logran su consolidación, surgiendo con fuerza los nacionalismos. Y en esta época de mayor prosperidad, es comprensible un aumento de la producción artística y literaria, que se nutre e inspira de un nuevo sentimiento, siempre presente en la mentalidad cristiana medieval, pero exacerbado en tiempos de crisis, que valora la vida como algo fugaz y presenta a la muerte como la gran limitante del hombre: Contemptus Mundi (el desprecio del mundo), Carpe Diem (aprovecha el día) y Memento mori (recuerda que eres mortal), a pesar de que parecen tres tópicos muy contrarios entre sí, en realidad son tres caras de la misma moneda: tres formas de enfrentar esta vida perecedera.

    Por otro lado, la crisis del siglo XIV, como todas las crisis, trae cambios. Sobre todo, una nueva mentalidad, que se ve sobre todo en la filosofía: la Escolástica, que es la filosofía medieval por antonomasia, es cuestionada por los nominalistas, seguidores de Occam, quienes no conciben una reflexión acerca de lo divino a partir de la razón. Paralelamente, surge con fuerza el Humanismo que busca exaltar las capacidades del hombre: sus talentos, sus sentimientos y sobre todo, su razón. Se ha malentendido como un “Renacimiento”, porque “reviviría” los valores propios de la cultura clásica. Sin embargo, estos jamás se habían abandonado del todo. Y por otro lado, el Humanismo, aunque exalta al hombre y sus capacidades y deja de lado las reflexiones racionales acerca de Dios propias de la Escolástica, no es pagano como la cultura clásica. Tampoco secular como el Racionalismo: es profundamente cristiano, como lo eran los hombres medievales. Y al exaltar al hombre, lo hace resaltando su condición de creatura de Dios, superior por las capacidades que Dios le dio.

  • El Misterio de Tutankamon,  el Rey Niño

    El Misterio de Tutankamon, el Rey Niño

    ¿Por qué es tan conocido este antiguo faraón egipcio? ¿Por sus grandes obras, por su corto reinado o por su juventud? ¿Será su vida lo que le trajo la fama o será más bien su muerte?

    La verdad histórica es que este joven monarca no destacó en vida, ni como gobernante ni en la larga lista de dinastías que tuvo la grandiosa civilización egipcia. Gobernó menos de una década y siendo apenas un niño. Subió al trono antes de cumplir los 10 años y de ahí en adelante no fue mucho lo que alcanzó a hacer antes de su muerte. Su extraña muerte.

    El arqueólogo británico Howard Carter

    ¿Su fama? Tal vez la única manera que encontró Tutankamón de destacar, fue recién en el mundo de los muertos, ese duat, donde el dios Osiris rescataba de la Sala del Juicio sólo a aquellos cuyo corazón pesara menos que la pluma de un avestruz. Y fue así. Recién tras encontrar su muerte, Tutankamón saltó finalmente a la fama. Su pequeña tumba –tan pequeña que probablemente no era para él- fue descubierta más de tres mil años después y sus tesoros, casi intactos, lo hicieron brillar como el faraón de los faraones. El mundo moderno no había conocido jamás la riqueza de tan nobles gobernantes.

    El descubrimiento fue difícil. Por años, décadas y casi siglos los arqueólogos habían buscado la manera de encontrar tesoros egipcios no saqueados. Y el británico Howard Carter no era la excepción. Tozudo y muy audaz, Carter se negaba a aceptar lo que todos los especialistas aseguraban en aquella época. Se negaba a creer que ya todo estaba descubierto en el Valle de los Reyes, un lugar con una treintena de tumbas faraónicas ya halladas. Llevaban años peinando esa zona, era noviembre de 1922, y cuando habían decidido que sería la última temporada de búsqueda, apareció una grada de piedra. Era el primer escalón para llegar a la tumba del Rey Niño.

    Primero una puerta sellada, más allá, una bóveda.Varias. Algunas cámaras secretas atestadas de riquezas, tesoros, figuras, joyas, amuletos e innumerables objetos ricamente decorados. Se veía saqueada, pero a la ligera. El desorden dejaba ver que lo principal aún estaba ahí. Los grandes tesoros empolvados demostraban que se trataba de un ajuar funerario. Pero no cualquiera. Un ajuar funerario real, es decir, monárquico. La momia que había ahí debía pertenecer a un rey, un faraón. Los estudios demostrarían después, que no tenía más de 17 ó 19 años.

    No fue nada de fácil acceder a la momia. Estaba dentro de un ataúd de piedra, es decir una enorme caja sellada, casi impenetrable. Y dentro de ella, no uno, sino cuatro sarcófagos, con formas humanas, uno dentro del otro. Al finalizar la búsqueda, el último sarcófago destellaba y encandilaba a quienes lo observaban. Completamente de oro macizo y con la famosísima máscara incrustada en lapislázuli, cuyos ojos fijos parecían haber despertado. Nadie pudo olvidar en ese momento, la antigua leyenda egipcia. Esa que castigaba a cualquiera que se atreviera a profanar el descanso eterno de un faraón. Se decía que todo aquel que violara alguna tumba, encontraría la muerte por su profanación. Era una maldición ancestral, que había recorrido milenios de historia intentando ahuyentar a los irrespetuosos.

    Mito o no, el canario que acompañaba a Carter en las excavaciones, fue devorado inmediatamente por una cobra –curiosamente la serpiente guardiana de los faraones en el Antiguo Egipto-. Y unos meses después, el financista de Carter, Lord Carnavon, fue picado por un insignificante mosquito. Una picadura más, de las miles que sufría todo aquel que pernoctara en el desierto. Pero esta vez se convirtió en una infección mortal, qué rápidamente había comprometido la garganta, el oído y uno de sus pulmones. Tras anunciarse su muerte a sus familiares, un prolongado corte de luz afectó a toda la ciudad de El Cairo. Poco después se supo que ese mismo día, pero en Londres, murió sin razón aparente su fiel perra fox terrier.

    Los rumores de la maldición habían comenzado. Vendría después el medio hermano de Lord Carnavon, quien apareció muerto en el baño de su casa y el caso del más cercano trabajador de Carter, cuya muerte no pudo ser explicada por los médicos que lo encontraron en la pieza de su hotel. La misma suerte corrió quien sacó las radiografías de la momia, la secretaria de Carter, el padre de ésta y hasta un amigo del arqueólogo. Todos habían estado en la tumba semanas antes de sus inexplicables muertes.

    Según los medios de la época, diez años después del descubrimiento, casi 30 personas relacionadas con los trabajos habían muerto sin razón aparente. Incluso pasado el tiempo, siguieron los ejemplos. Como el del Director de Antigüedades de Egipto, quien en la década del ’60 se negó a firmar la autorización para que algunas de las piezas del tesoro viajaran a París, por temor a la maldición. Luego de ser obligado a hacerlo por autoridades superiores, éste murió atropellado ese mismo día. E incluso su sucesor, quien se burlaba de los dichos populares, murió sorpresivamente la noche que supervisaba el embalaje de algunas muestras que viajarían esa semana a Londres. Y no sólo eso, la tripulación completa que voló ese avión a la capital inglesa, sufrió algún accidente misterioso.

    Hasta un científico que aseguró públicamente que las muertes de los trabajadores se debían sólo a un hongo que había en las tumbas, murió en un accidente de tránsito el mismo día que había dado la conferencia reveladora. Tras hacer la autopsia se comprobó que había sufrido un ataque al corazón minutos antes de la colisión.

    ¿Mito o realidad? Lo cierto es que la muerte, mucho más que la vida, fue lo que hizo destacar a Tutankamón. ¿Cómo murió él? Algunos explican que su prematura muerte se debió a un asesinato premeditado para usurparle el poder, mientras que otros insisten en que sólo fue un accidente de caza. Todos se basan en una fractura encontrada en su cráneo, aunque ella sólo podría deberse a una rotura provocada por los propios arqueólogos de Carter cuando retiraron la pesada máscara de 11 kilos de oro y lapislázuli que cubría su rostro. Sin embargo, hace apenas algunas semanas, científicos aseguraron que su muerte fue, simplemente, malaria y una deformación ósea heredada de sus antepasados.

    ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Qué quisiéramos creer y qué no? No será mejor preguntarse ¿qué habrán pensado esos obreros al ver el rostro del Rey Niño? ¿Qué habrá soñado Carter esa noche? ¿Qué habrán murmurado los saqueadores ante la imposibilidad de hacerse de ese tesoro? ¿Qué habrá dicho el mundo la primera vez que vio esos atentos ojos de obsidiana, dormidos desde el Antiguo Egipto? Pocas respuestas, aunque quizás sólo una posible. Se trataba, casi sin dudas, de uno de los descubrimientos arqueológicos más importante del siglo XX. Y no era el único. Otros hallazgos de igual importancia ya habían conmocionado a la población por esos años. El Palacio del Minotauro en Creta o las ruinas de Machu Picchu en Perú, ya estaban hablando su propia historia. Pero ello daría para otra larga conversación…